NOCHE DE BODAS EN LLAMAS

El indicador de gasolina empezaba a parpadear. Aún  quedaban varios kilómetros, tendría que buscar una estación de servicio que no estuviera a pie de carretera. Necesitaba huir de miradas curiosas. Me miré en el espejo retrovisor, con un rápido movimiento  froté los labios intentando quitar los restos del carmín y deslicé  la yema de los dedos por el contorno de los ojos, para limpiar los restos de rímel. Me  atusé  la melena negra. Mientras que  introducía la pistola en el depósito de gasolina, me percaté de la imagen que se reflejaba en el cristal. Aun llevaba puesto el traje de novia. Eran las cuatro de la madrugada, estaba teniendo suerte, no había nadie más repostando. El empleado de la gasolinera cogió el dinero por la ventanilla, tuve que darle varios golpes a la mampara de separación. El volumen de sus  auriculares  lo aislaban de cualquier presencia intempestiva. Ni siquiera me miró cuando me marché; a pesar de que una novia en una gasolinera, de madrugada, no era algo habitual. No tenía que haber elegido ese ostentoso traje, su larga cola resultaba muy  incómoda, pero mi suegra insistió, era su regalo de boda:

-Ahora eres una MacQuaid, es de un diseñador, serás una novia espectacular, eres un diamante en bruto, pero no te preocupes nosotros sabremos pulirte- me miró de abajo a arriba, con prepotencia, casi con desagrado, ajustándose sus gafas de Vogue.

La odiaba, a ella y a toda su familia. Nunca sería suficientemente buena para ellos. Aunque nada de eso importaba ya. Solo podía pensar en mi padre.  Apenas tenía nueve años, regresaba del colegio cuando me encontré a la policía acordonando la calle. Su cuerpo yacía inmóvil en el asfalto, la sábana blanca que lo cubría estaba empezando a empaparse de la sangre que emanaba de su cabeza. Al parecer se había arrojado desde la azotea.  El caso se cerró como un suicido. Era el contable de los MacQuaid, una de las familias más adineradas del país.  Tras la muerte de mi padre se ocuparon de mi madre y de mí como si fuéramos su obra de caridad. Con lo que no contaban es que el flamante heredero de su fortuna se enamorase de la hija del contable.

Después de tres largas horas conduciendo por carreteras desiertas, llegue a mi destino. Un descampado en mitad de la nada. Abrí el maletero, el ensangrentado cadáver de mi marido estaba dentro. Saqué la gasolina y rocié el  lujoso Mercedes, con rabia, salpicando mi vestido blando. Prendí una cerilla  y dejé que el camino del gasóleo siguiera su trayectoria.

Se había hecho justicia. Ellos lo mataron, descubrió sus trapos sucios. No estaban dispuestos a dejar flecos sueltos. Mi padre era eso, un fleco suelto. Hace dos años que lo descubrí, los mismos que emplee en planificar meticulosamente mi venganza. Que todo se precipitara la noche de mi boda, fue tan solo un contratiempo que luego solventaría.

Una fuerte explosión precedieron a las llamas…

 

 

 

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