Osadía

El autobús frena, pero ella no aparece. Me levanto por instinto y entonces la veo a través del cristal…

***

Sabía en qué momento la vería subir. Reconocía la ropa que llevaba normalmente, así como su particular hedor: mezcla de jabón barato y sudoración en una oscura piel, lo que generaba rechazo general cuando cruzaba el pasillo, pero a mí me fascinaba.

Siempre que localizaba la perlada blusa, que amarilleaba del uso, así como ese desgastado y ancho pantalón vaquero de talle alto con un viejo cinturón, me entraban hormigueos. Conseguía removerme sobre el asiento y hacer que desviara los ojos cada vez que pasaba junto a mí.

Era difícil de sobrellevar: no estaba bien visto querer a alguien de tu mismo género, y mucho menos si era negro.

Separadas por unas cuantas filas -pues en el transporte público gente como ella tenía su lugar reservado al fondo, aislados de la gente blanca-, me las apañaba para ladearme y observarla de reojo mientras fingía leer.

Todo cambió el día que, ante mi evidente indiscreción, decidió lanzarme una contenida sonrisa que rompió distancias.

***

Una punzada atraviesa mi pecho, suelto un improperio y abandono el autobús como una exhalación sin mis pertenencias.

Tirada como un trapo en la acera junto a la parada, ella llora cubriéndose la cara. Me acuclillo y cojo sus muñecas. Lentamente, ambas bajamos las manos y encuentro unos ojos vidriosos, insondables pozos de tristeza. Le seco las lágrimas, pero solo consigo que se aparte ligeramente de la impresión.

—¿Estás bien? —pregunto.

La amarillenta blusa está manchada de sangre; tiene la nariz y la frente magulladas.

—Fueron unos tipos blancos —consigue decir, avergonzada.

Tomo sus manos con dulzura.

—Déjame ayudarte.

El silencio nos inunda durante largos segundos.

Poco después vociferan al final de la calle. Varios gendarmes aparecen inesperadamente y, mientras nos agarran, el conductor nos observa sin mover un músculo. Algo me dice que él ha debido de dar la voz de alarma.

Sin preguntar, mientras uno de ellos la inmoviliza con brusquedad por los brazos, el segundo golpea su cuerpo con una porra.

Desgarro mi voz en un grito rabioso. Salto y me revuelvo violentamente, pero no me deshago del hombre que me aferra.

—¡Dejadla! ¡No ha hecho nada! ¡No ha hecho nada!

La joven acaba en el suelo, acurrucada como un animal herido, sobre un pequeño charco de sangre.

La atrapan de nuevo para levantarla, dejando ver un maltrecho rostro. He dejado de resistirme y aprovecho la bajada de guardia del agente para conseguir escapar.

Temo perderla, no verla más. No me importan las consecuencias; solo me importa ser libre. Ser yo misma sin esperar ser castigada.

Llego hasta ella y la estrecho con fuerza.

—¡Me gustas!

Las autoridades nos separan enseguida. Un duro impacto llega a mi abdomen. Todavía siento desconcierto cuando recibo el segundo en la espalda, cayendo contra el pavimento.

No lo entiendo. Nada es justo.

Entonces, oigo su frustrada respuesta. 

—Tú también me gustas.

Ahora mis lágrimas son de amarga felicidad.

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