Periplo de una coraza resquebrajada

#ViajandoPorElMundo

¿Sabes de aquellos amigos de la infancia que mucha gente tiene y adora? Pues no era su caso. A sus dieciocho años decidió que era tiempo de dejar la falsedad. Había salido con varios chicos, pero ella sabía que no quería eso en su vida. Quería saber lo que significaba ser feliz. Contó a todos sus supuestos amigos que era lesbiana. En aquella época aún estaban mal consideradas las personas que amaban a alguien de su mismo sexo. Por ello, sus amigas le dieron la espalda alegando que creían que habían notado que las miraba con otros ojos. En el caso de los chicos, estos pasaron de ella cuando consideraron que ya no tendrían opción de “tirarle fichas”.

Fue un duro golpe para ella. Antes era sociable y, poco a poco, fue encerrándose en sí misma. Se puso una enorme coraza que no permitía que nadie traspasara. Pero, lo peor estaba por llegar. Al verla así, sus padres se preocuparon y hablaron con algunos de sus amigos. Así fue como descubrieron que a su “pequeña” le gustaban las chicas. La discusión fue monumental, y acabaron por echarla de casa. No tenía a donde ir, así que recurrió al que siempre consideró su mejor amigo. Sin problema, y ante tal situación, le dejó quedarse en su casa. Le contaron lo sucedido a sus padres, que accedieron a dejarla quedarse el tiempo que hiciese falta.

Abandonó sus estudios para buscar trabajo. Lo cierto es que dejó la casa de su amigo tres meses más tarde. Su empleo no era con el que había soñado, pero su respetable sueldo le permitía vivir de alquiler y mantenerse por sí misma.

Pasaron más de seis años, donde se refugió en sus hobbies, haciendo caso omiso de las personas más allá de su trabajo. Había acumulado así una considerable cantidad de dinero, por lo que decidió hacer algo que realmente la motivara y por lo que tuviera ilusión. Programó un vuelo, juntando todas las vacaciones para aquel año. Su destino sería el que siempre había fantaseado con realizar: su objetivo era recorrer la Ruta 66 en tan solo doce días. Tenía un buen dominio del idioma, ya que para sus padres era muy importante de cara al futuro. Además, era lo único que había continuado animada por aprender. Iría sola por supuesto, ya que en aquel momento de su vida sentía que no necesitaba a nadie.

Al llegar a Chicago, recogió la caravana que había alquilado y se puso en camino. Había dormido prácticamente durante todo el viaje para estar despierta y poder ponerse en camino cuanto antes. No podía creer que se hubiese aventurado a realizar el viaje ella sola. Cuando era más joven, sentía una fuerte dependencia por toda la gente que la rodeaba. Pero eso se acabó. Tuvo que madurar de golpe. Nunca más tuvo contacto con sus padres y, aunque algún que otro amigo se preocupó por ella transcurridos unos años, les mantuvo en el lugar donde ellos mismos decidieron quedarse durante todo aquel tiempo: alejados de ella. Desde entonces, no confiaba demasiado rápido en la gente. Pasaba un riguroso filtro por cada persona que se presentaba delante de ella. Si algo tenía claro, era que no quería sufrir más. Si la persona que llegase a su vida venía para traer negatividad o mal rollo, prefería que continuasen su camino y la dejasen tranquila.

El primer día se propuso desayunar en Lou Mitchells, para después ponerse en camino. Mientras viajaba, fue parando en las gasolineras más míticas del trayecto. Visitó Pontiac, contemplando sus asombrosos murales y pasando por el Route 66 Hall of Fame, museo donde una chica no paró de observarla. Tras ver todo, se encaminó hacia la salida. Fue directa a la caravana para retomar el viaje, aún tenía un largo camino hasta llegar al primer Springfield de la ruta para pasar la noche.

El día dos de la ruta, lo pasó entre cementerios de verdaderas reliquias automovilísticas. Así llegó a otro estado, Misuri, donde decidió visitar St. Louis. Era la mayor ciudad de su aventura, que observó desde la Puerta hacia el Oeste.

El tercer día llegó a Kansas, pasando por una legendaria gasolinera. Uno de los lugares que más ansiaba conocer, debido a la película ambientada en tal lugar, Cars. En esta localización, volvió a ver a la chica del museo. Esta decidió acercase a ella para hablarla.

—¿Verdad que es impresionante? —le dijo la extraña, de preciosos ojos verdes, que se puso a su lado mientras observaban uno de los coches.

—La verdad es que me está encantando —contestó, sonriendo. Le había parecido realmente guapa y muy agradable.

—No eres de por aquí, ¿verdad? —sonrió al escuchar su acento.

—No, vengo desde España. Estoy haciendo la ruta 66 en caravana.

—¡Vaya, yo también la estoy haciendo! —avanzaron por la carretera mientras charlaban.

—¿También vas sola? —se decidió a preguntar.

—Sí, llevo poco tiempo por Chicago y aún no conozco a nadie más que a la gente del trabajo.

Dejó de lado la desconfianza que la había caracterizado los últimos años al pasársele una estúpida idea por la mente, que soltó casi sin pensarlo.

—Podríamos ir juntas —sintió como su cara se ponía colorada como un tomate—, yo tampoco conozco a nadie por aquí —la chica, que miraba para otro lado, se volvió hacia ella. No le dio opción para que contestara—. Olvídalo, es una tontería. Probablemente no te apetezca y, además, ni siquiera nos conocemos.

Sin más, se despidió a toda prisa y se encaminó hacia su caravana para retomar el viaje. Aún tenía un largo camino hasta llegar a Oklahoma para pasar la noche. Al ir a abrir la puerta, escuchó una voz elevarse entre el gentío. Era de aquella chica, que la alcanzó.

—¡Perdona! No…—hizo una pausa para recuperar el aliento después de la carrera. Se quitó algunos mechones, de su rojizo cabello, del rostro—, no es una locura. De hecho, me encantaría acompañarte.

—¿En serio? Es que quizá sea un poco raro, ¿no?

—Tengo que admitir que te seguí desde que te vi bajar de la caravana. Pagué la entrada del museo por observarte —agachó la cabeza, avergonzada—. Discúlpame, pero me gustaste nada más verte. Supongo que soy una de esas personas que cree en los flechazos.

Se quedó en shock, sin ser capaz de pronunciar palabra alguna. Un incómodo silencio se hizo eco entre las dos, esperando y deseando a que alguna se atreviese a romperlo.

—Esto sí que ha sido un error, perdona. Pensé que habría una posibilidad de que tú… En fin, será mejor que me marche.

—Espera —le gritó, antes de perderla de vista—. ¿Cómo te llamas?

—Sophie —tras decirle esto, sonrió, se dio la vuelta y continuó andando, avergonzada.

Ella cogió la caravana y la alcanzó a los pocos metros. Se asomó por la ventanilla.

—Yo soy Carla —le sonrió—. ¿Aún quieres venir?

Una en la caravana y la otra en su moto, finalmente reemprendieron el viaje juntas. Pasaron la noche hablando, sobre todo de la ruta que cada una había planeado. Mientras que Carla tenía todo calculado debido a su presupuesto y contando con la caravana, Sophie iba más a la aventura sin saber dónde iba a dormir al día siguiente. Esta última era tres años mayor, habiendo cumplido los veintiocho recientemente según le había contado. Se había instalado en Chicago hace unas semanas por un cambio de trabajo. Dejó a su familia y amigos atrás, pero necesitaba perseguir sus sueños. Ella la entendía perfectamente, casi llegando a envidiar su valentía. Carla la invitó a pasar las noches en la caravana, para que pudiera ahorrarse algo de dinero.

Al día siguiente pasaron por Amarillo, una ciudad en Texas. Allí encontraron una docena de Cadillacs que yacían, en parte, enterrados. Estos se podían pintar si te apetecía. Pasaron por otras ciudades antes de llegar a Santa Fe, que fue donde pasaron aquella noche.

Tuvieron que madrugar, pues el siguiente trayecto coincidía con una festividad local y les sería más complicado llegar al siguiente punto a tiempo. Era otro de los lugares que ambas soñaban con descubrir, Albuquerque. Visitaron la zona donde rodaron una famosa serie de televisión: Breaking Bad. Con el tiempo justo, ya que terminaron por pasar por el espectáculo programado, llegaron a Arizona. Les costó horrores despertarse, pero sabían que merecería la pena el esfuerzo. Ese día fueron a ver el gran cañón, donde pasaron casi la totalidad del día.

Continuaron la ruta viendo pueblos, donde Sophie compró algún que otro suvenir. Deambularon un día entero en Las Vegas, para acabar llegando al final del trayecto: el puente de Santa Mónica, en Los Ángeles. Sus últimas horas las invirtieron viendo el clásico cartel de Hollywood y dando una vuelta por Beverly Hills.

Más tarde, acompañó a Carla a devolver la caravana y la llevó al aeropuerto.

—Bueno —comenzó Sophie, entristecida—, ha sido un viaje fantástico, pero la verdad es que se ha pasado demasiado rápido.

—Ya sabes lo que dicen, cuando pasas buenos momentos el tiempo va más de prisa —sonrió, sacando las maletas del coche—. Pero me ha encantado conocer a gente de todos los distintos lugares que hemos recorrido.

—¿Te ha hecho cambiar de opinión? —dijo, recordando las conversaciones que habían tenido durante el viaje, donde Carla le explicó todo lo que pasó hace años—. Merece la pena, ¿verdad?

Suspiró y asintió, acercándose para abrazarla una última vez.

—No sabes lo agradecida que te estoy —no quería soltarla, ni tener que marcharse.

—Tú fuiste la que se embarcó en esta aventura. De no haber sido tan valiente, y haber venido, nunca hubieras descubierto que esa coraza solo te impide disfrutar de las cosas que verdaderamente merecen la pena. Me alegro mucho por ti —la soltó del abrazo—. Aunque es un fastidio que te tengas que ir.

—Me encantaría quedarme, lo sabes, pero no me quedan más vacaciones que gastar y necesito el trabajo.

—Lo entiendo, pero no creo que te fuese muy difícil…

Ambas se quedaron en silencio, mirándose la una a la otra. Fue el altavoz, que indicaba a los pasajeros que el vuelo iba a salir, el que las obligó a salir de la ensoñación. Se despidieron, dándose otro fuerte abrazo. Sophie la miraba avanzar, apenada. Aunque habían intercambiado sus números, no sería lo mismo. Ella no estaría a su lado.

Carla dejó las maletas y salió corriendo en su busca para besarla.

«Última llamada para los pasajeros del vuelo BX2406 con destino Barcelona, España», la megafonía hacía su trabajo, recordándoles lo inevitable.

Sophie le metió prisa, acompañándola hasta donde no dejaron que avanzara más. La vio entrar y desaparecer por la puerta de embarque. Un pedazo de sus respectivos corazones, se quedaba junto a la otra, sintiendo como si algo estirara de ellos mientras se separaban más y más.

Carla pasó los siguientes meses algo deprimida. Aunque hablada a diario con ella, no le parecía suficiente. Estuvo sopesándolo, meditando muy bien que debía hacer. En ese tiempo se había desecho de su armadura, creando nuevas amistades. Sin embargo, no era feliz del todo. No tan lejos de Sophie.

Decidió dejar lo poco que tenía, para formar algo nuevo y alejado de todos los malos recuerdos que la retenían. Cuatro meses después de su última visita a los Estados Unidos, regresó para quedarse. El tiempo fue pasando y Sophie la ayudó a encontrar trabajo. Además, quiso volver a estudiar ahora que tenía la oportunidad. Por si misma tuvo el valor de lanzarse al vacío, pero Sophie fue el detonante para que cambiara su vida, para que viera las cosas fuera de su corrompida visión. Había pasado demasiado tiempo encerrada en sí misma, y ya era hora de comenzar a recuperarlo, de comenzar a vivir.

Imagen: Kevin Schmid en Unsplash

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Bei
Bei
1 month ago

Impresionante, como la vida misma. Muy duro que haya gente que pueda rechazar e incluso a su propio hijx porque te guste alguien de tu mismo sexo…me encanta la historia y como va sucediendo las cosas.

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