Pesadilla

Caminaba descalza por la hierba y podía sentir como las gotas de rocío mojaban sus pies. Iba de la mano de su madre, ambas corrían como escapando de algo. Era noche cerrada, de esas en las que si pones tu mano a la altura de los ojos no consigues ver, ni siquiera, las puntas de tus dedos. Ana sabía que todo lo que estaba sintiendo era un sueño, lo había soñado en infinidad de ocasiones. Siempre lo mismo, tan real que aunque supiera perfectamente lo que iba a ocurrir siempre despertaba empapada en sudor y gritando desesperada. 

Estaba a punto de aparecer aquel grotesco ser que le daba tanto pánico. Un rayo iluminaba el cielo, un rayo que no iba precedido de un trueno ni acompañado por la lluvia, un rayo que iluminaba al hombre de paja. Lo atravesaba de los pies a la cabeza, pero en vez de quemarlo lo dotaba de vida. Ahí estaba ya el olor a humo, la carcajada de ultratumba y esos ojos profundos que se acercaban amenazantes… Entonces gritaba con todas sus fuerzas y al fin, lograba despertar.

Estaba en su habitación. La luz del candil encendida. Poco a poco su corazón se iba calmando y su padre aparecía para abrazarla.

—¿Otra vez esa pesadilla?

—Otra vez —decía en un susurro. El aroma del humo flotaba en el interior de Ana y esos ojos aún la miraban desde algún lugar remoto.

—Bebe agua. Voy por unas flores de lavanda, para ahuyentar el olor. Siéntate mientras cambio las sábanas.

Ana y su padre vivían en una pequeña aldea. Su madre había desaparecido una noche cuando ella tenía unos cinco años, o eso era lo que oía murmurar en el pueblo. Su padre le había contado una versión muy distinta. Le había dicho que murió de unas gripes. Ana no sabía a quién creer, pero no recordaba haber visto enferma a su madre nunca en su vida. Cierto es que era muy pequeña cuando desapareció… o murió… y puede ser que sus recuerdos estuvieran confusos en ese aspecto.

Su padre regresó con las flores y se las entregó a la niña. Una vez la cama estuvo arreglada, Ana se acostó. 

—Papá, quédate un ratito aquí, a mi lado. Hasta que me duerma.

—Así lo haré. Cierra los ojitos.

—Prométemelo.

—Lo prometo.

Su padre acariciaba su pelo y Ana lo miraba embelesada. Cuando él estaba cerca se sentía protegida, a salvo. Los ojos de la niña se iban cerrando poco a poco. Su cuerpo navegaba por ese fino instante que separa el sueño de la vigilia, ese instante en el que energías oscuras acechan para engañar a los sentidos. La niña observó cómo su padre salía de la habitación. Se volvió a mirarla y con una mano quitó de la manga de su batín lo que parecían hebras de paja y las tiró al suelo, sonriendo.

—Tengo que dejar de hacerle esto a la pequeña, lo pasa realmente mal… pero no puedo evitarlo. Su madre me gustaba, fue una  pena que no entendiese mi verdadera naturaleza. Lo que soy de verdad. Lo que ella también será. 

Ana se acurrucó entre las sábanas, inquieta, pensó que estaba soñando. Notó que algo le molestaba en la mano y al sacarla de la sábana observó unas briznas de paja saliendo de su camisón. Un escalofrío recorrió su espalda y gritó, pero su voz no era su voz.

Su padre, que estaba a punto de meterse en la cama, sonrió otra vez.

—¡Al fin ha ocurrido! 

Su cuerpo cambió al de un espantajo y caminó hacia la habitación de su hija. Cuando ambos se miraron, sus horrendas carcajadas atravesaron el silencio de la noche.

 

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Respuestas

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  1. Siempre interesantes tus historias…, las descripciones, la sensación de estar allí siendo un espectador dentro de la escena y el desenlace inesperado. Como siempre me ha encantado.

    1. Madre mía. Esas palabras hacen que el corazón de cualquier escritor se haga infinito. Escribir forma parte de mí, pero llegar de esa manera aunque sea a un solo lector, hace que todo merezca la pena.
      Mil gracias.