Premonición

Michael y yo íbamos a celebrar Halloween. Tras vivir en Dakota, donde había trabajado como profesora de español en la Universidad y donde había conocido a Michael, había cambiado algunas tradiciones cristianas por otras paganas. Mi familia no lo entendía, así que no les invitábamos, pues eran «tonterías» y «americanadas». Yo no comprendía la Comunión pero lo respetaba. 

Y ahí estábamos, tan enamorados, planeando cómo sorprender a nuestros amigos. 

-«Caruinio, ¿dónde está una camisa negra?» Michael se esforzaba por hablar español, pero no diferenciaba entre «un/-a» y «el/la» y disponía de ellos aleatoriamente, cual juego de azar. Era tan «nice», que yo sonreía y él sabía que se había equivocado en la elección. 

-«Cariño, mira en el primer cajón, donde están toooodas LAS camisas». 

Me preguntaba cómo había encontrado un hombre tan cariñoso y bueno, al otro lado del mundo. Michael era biólogo marino y le enamoraron mis orígenes canarios y la fauna autóctona de esa parte del Atlántico. Eso, la tortilla de patatas que hice en nuestra tercera cita y el queso manchego que me enviaban mis padres asiduamente.

Teníamos sangría que había preparado siguiendo la receta de mi padre, pero la bautizamos «Ponche Sangriento». Luego pensé que a mi padre le hubiese dado un infarto ante semejante aberración. Michael había hecho tortitas en forma de calavera y entre los dos habíamos decorado el salón con tela de araña del chino. Estábamos a medio vestir y yo trataba de colocarme con gracia la diadema de flores que había hecho siguiendo un tutorial de YouTube y que completaba mi disfraz de «calavera Catrina», cuando Michael se acercó peligrosamente a mi cuello y me susurró: 

-«Daphne, let’s have a baby». Sí, Daphne era yo, y la proposición de mi marido era que tuviésemos un bebé. ¡Ahora! ¡Este hombre siempre tan oportuno! 

-«Darling, ponte los colmillos de Drácula y déjate de babys, nuestros amigos están al caer». Le hacía mucha ilusión ser padre. Su familia era de origen irlandés, ultra católica. Cinco hermanos y millocientos sobrinos, alguno repetido… y él era el único que no tenía hijos. A mí la idea no me apasionaba y mantenía firmemente que del proceso lo más divertido era la fabricación y todo lo demás me resultaba complejo, ajeno y lejano. Sólo hacía un año que habíamos regresado a España, acabábamos de sobrevivir a una pandemia y… no quería pasar 9 meses sin mi copita de vino al mediodía y mi ración de jamón el sábado noche. 

Sonó el timbre. Michael contestó «¿trrrruco o trrrata?» y abrió haciendo muecas estrambóticas. Eran Ingrid, nuestra amiga sueca y su marido, un diseñador gráfico de lo más divertido. Él iba de ¿Frankenstein? e Ingrid… ¡¡de embarazadísima!! ¡¡Por lo menos de 12 meses!! 

-«¿Pero qué te ha pasado?» Le pregunté sorprendidísima observando la calabaza con dientes que Alex le había pintado en el barrigón ese a punto de explotar. Hace años se había puesto de moda que las futuras mamás se pintasen la barriga, pero ver ese tripón con esa calabaza fantasmagórico me estaba provocando sudores fríos. Deseé que por nada del mundo ese bebé decidiese llegar un 31 de octubre, en mi casa, en mi salón, conmigo presente. Me serví otro ponche y me lo bebí en apnea. 

Volvió a sonar el timbre. «¡Salvada por la campana! Serán Julio y Abril.» Abrí la puerta eufórica por ver a mi mejor amiga después de casi 6 meses y una exhalación irrumpió en casa. -«Andaaa, pero si habéis traído a la niñaaa… Qué bieeeen», susurré en un hilillo de voz, viendo cómo un terremoto de 7,5 en la escala Richter disfrazado de Dora Exploradora tras atravesar el Amazonas a machetazo limpio se disponía a arrasar nuestro salón. Mi Halloween acababa de empezar. 

-«Todo el mundo a cenar», dije haciendo sonar una copa con un cuchillo. Estaba deseando atacar el lomo ibérico y los langostinos. El cuchillo en la cabeza de Alex zozobraba cada vez que se reía y amenazaba con caerse dentro del ponche. Enfrente de mí, Michael me miraba con sonrisa pícara y me hacía piececitos por debajo de la mesa, mientras yo, muy digna, trataba de prestar atención a nuestros invitados. «¡Ay, madre! ¡Que vamos a tener que echar a estos en breve!». Entonces empecé a sentirme mareada y cierta angustia se apoderó de mi estómago. Fui al servicio a abrazarme al wc, luego, se me nubló la vista y un sopor me invadió. Temía por mi preciosa diadema cayendo hacia el abismo que separaba mi cabeza del inodoro, mientras mi subconsciente trataba de salvarla de tan nefasto final. La siguiente imagen que tengo es u desconocido con apariencia de médico y la cara de Michael, sonriente como si le acabase de tocar el premio gordo en el Black Jack. 

-«Sweetie, vamos a ser papás».

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