Querido Rubén

Querido Rubén:

Te contemplo dormido y me pregunto cómo alguien tan pequeño ha sido capaz de provocar dentro de mí cambios tan enormes. Cuando estabas en mi tripita, me imaginaba todas las cosas que te iba a enseñar, cómo te iba a cuidar, qué cuentos leeríamos por la noche… y ahora, miro hacia atrás y me doy cuenta de que eres tú el que me ha enseñado a mí.

Me has devuelto esa niña inocente y alegre que dejé atrás, que cantaba divertidas canciones infantiles mientras giraba en el corro de la patata. Tu fragilidad me ha hecho más sensible, más consciente ante el dolor de los demás. Ahora siento como mío el sufrimiento de aquella madre que sale en la televisión porque ha perdido a su hijo. Y más aún, esa solidaridad me hace moverme para luchar con más ganas, con más empeño por un mundo mejor para ti, un mundo más justo y más humano, para que ninguna madre tenga que perder a su hijo nunca jamás.

Además, he descubierto otra cosa: el lado tierno de la gente. A ver, no te hablo de amigos, familiares y demás, sino de gente desconocida que se cruza conmigo por la calle. Estamos esperando en un semáforo y una chica se inclina sobre ti para hacerte carantoñas o decirme lo guapo que estás. O aquel anciano que te observa con una sonrisa de oreja a oreja mientras das tus primeros pasos en el parque. Eso me encanta y me enternece: ver que gente que no conozco, que deambula seria por la calle o concentrada en sus problemas, es capaz de conmoverse ante un niño.

Pero debo admitir, por encima de todo lo demás, que me has enseñado la lección de vida más importante: el Amor. Mira, tengo a tu padre que me quiere y me apoya, tengo a mi familia, mis amigos… pero ninguno como tú. Tu entrega es tan absoluta, tan incondicional que me abruma, que me pregunto si yo me merezco un amor tan puro como el tuyo. A veces, tengo miedo de no educarte bien, de no ser una buena madre, pero tu mirada limpia, tu risa cristalina, tu sonrisa radiante cada vez que me ves, hacen que todas mis dudas se despejen: sólo tengo que ser yo misma y dejarme llevar por el corazón. ¡Así de fácil!

Por todo, gracias. Gracias, gracias, infinitas gracias. Porque has convertido este mundo en un lugar maravilloso, donde a pesar de todo, merece la pena vivir. Donde, a pesar de todo, soy FELIZ.

Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay

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  1. Sentimientos que logran despertar en nuestro ser, unas personitas, que desde el mismo instante en el que sabemos que van a venir al mundo nos convertimos en sus protectoras, se convierte en un amor incondicional y sin limites. Precioso Amaya.

    1. Muchísimas gracias, María. Lo escribí hace trece años, cuando mi hijo mayor era un bebé; hoy lo he descubierto y me ha vuelto a emocionar.

  2. Precioso sentimiento expresado en bellas palabras. Transmites todo el amor que se entrega y recibe de ese pedacito de ti hecho personita. ¡Me encanta!

    1. Muchas gracias, Paula!
      Creo que la necesidad de volver a escribir me vino cuando le cogí en mis brazos y no sabía cómo expresar lo que sentía…