Recuerdos

-¿Tienes miedo?
-Si.
-¿De qué ?
-De los fantasmas.
-No existen los fantasmas, no te pueden hacer daño. Teme a los vivos, ellos te lastimarán a diario.
Javier asintió con la cabeza acurrucado bajo las sábanas mientras su tío le daba las buenas noches.
Seis años habían pasado desde esa noche, pero al chico esas palabras se le habían quedado grabadas.
Pedaleaba con rapidez intentando adelantar a su amigo Juan, pero éste, un año mayor y con mejor bicicleta, era imposible de alcanzar.
La velocidad hacía que el pelo largo de Javier volara sin control, embistiendo por poco a una chica que cargaba bolsas de la compra. Derraparon en una esquina y llegaron al cruce donde Pedro los esperaba.
Se sacaron de sus mochilas unas sábanas blancas y se las pusieron por encima.
-¿Dónde es la fiesta?-Preguntó Pedro
-En la casa de David.
-¡Vayamos para allá!
Habían dicho a sus padres que se quedaban a dormir en casa de Juan, pero la verdad es que iban a la torre de David, donde no había padres que los vigilaran. La casa estaba a las afueras del pueblo, teniendo que llegar a ella mediante un camino secundario de tierra que pasaba por medio de un bosque. El trayecto estuvo plagado de risas, carreras, bromas y algún susto. Eran las ocho de la tarde, el camino era tétrico y Javier pensó nuevamente las palabras que su tío le dijo un día.
A escasos minutos de su destino se toparon con un chico sentado en el suelo.
-¡Eh! -Gritó Juan- ¿Qué te ha pasado?
El chico miró a los tres amigos y sonrió.
-Nada, sólo me he caído.
– ¿Pero cómo?- Pedro puso los brazos en jarras.
-Soy tan torpe. Iba para casa y no he puesto la linterna. Me habré tropezado con alguna piedra- Se rascó la cabeza y sonrió. Javier entrecerró los ojos.
-¿Por qué no te vienes con nosotros?-Preguntó al chico- Vamos a una fiesta y desde allí podrías avisar a tus padres.
-No te preocupes, no quiero molestar.
-Tonterías- Se aventuró Juan- Vente, será guay.
El muchacho se presentó como Daniel, caminaron hasta casa de David y pusieron música y videos.
Las horas pasaban y Daniel estaba muy callado, como si esperara algo.
A las doce Javier se le acercó.
– Ey, Daniel, No eres muy hablador ¿verdad?
-No, me gusta más observar.
-David tiene el fifa nuevo, haremos un torneo.
-Me quedo mejor viendoos jugar.
Al cabo de un rato Pedro salió al jardín seguido de Juan.
Cuando entraron tenía los ojos enrojecidos. Se pusieron de nuevo a jugar y el que salió después fue David.
Al entrar en la casa preguntó quién quería una cerveza.
– ¡Mejor un cubata, tío!- Gritó Pedro
-Claro, pilla lo que quieras- Le contestó riendo David.
Se prepararon los cubatas mientras Javi seguía jugando a la videoconsola.
-¡Oye tú! -Pedro se dirigió a Daniel- ¿Quieres tomar algo?
-No, gracias
Juan imitó el canto de un gallo.
-¿ Acaso no te dejan beber papi y mami?- se burló.
-Chicos, dejadlo estar, no quiere y ya está- Javi se sentía molesto por el comportamiento de sus amigos.
-Javi, ¿qué pasa? ¿También eres un gallina?- dijeron entre risas.
Capullos, pensó levantándose y saliendo de la estancia. David lo siguió, se puso a su lado y le mostró un porro.
– Para que te relajes.
Javi nunca había fumado, se quedó mirándolo y lo rechazó.
-Nenaza- Le espetó su amigo, y volvió adentro.
Javi se sentía enfadado e irritado. ¿Qué clase de amigos tenía? A su espalda apareció Daniel.
-Hoy es Halloween- Sus ojos estaban tristes – el día de las brujas, demonios y fantasmas.
-Y yo con estos payasos. – Javi estaba irritado
-¿Tienes miedo? – El chico le miró largamente.
-Por qué tendría que tenerlo?- No sabía muy bien porqué pero una sensación familiar le vino a la mente. – ¿Por los fantasmas? Una vez una persona me dijo que no temiera a los muertos, sino a los vivos, que son los que lastiman.
Daniel volvió a rascarse la cabeza y sonrió.
-Te dió un buen consejo- Observó el interior de la torre donde los otros chicos bebían a carcajadas- Recuérdalo siempre.
Se fue hacía la esquina del jardín donde estaban las bicicletas. Javi lo siguió, pero al doblar la esquina ya no había nadie.
Los amigos de Javi, cada vez más colocados, no se percataron que el chico se había marchado.
El muchacho llegó a su casa a las tres de la madrugada, encontrándose a su tía dormida en el sofá con un retrato entre sus manos.
En él se veía a Javier con ocho años con una inmensa sonrisa y a su lado su tío con una mano en la cabeza que también sonreía.

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