RENDICIÓN

Ninguna tormenta de nieve me habría dejado tan helado. La carrera más extrema de mi vida jamás me habría dejado con tan poco aliento. Y puedo asegurar que han sido demasiadas las veces que he estado a punto de morir, poniendo a prueba unas entrenadas piernas que acababan con calambres.

Miro las gotas de sangre caer de mis manos, plantado de rodillas y conmocionado. Bajo los ojos: hay un cuerpo inerte que me observa con pupilas dilatadas. Los oídos me pitan. No comprendo qué sucede. Algo estalla, hace temblar el suelo y levanta polvo. Permanezco estático.

—Sthep… Sthepen —musito.

Los brazos ceden y se desploman sobre el hombre de mirada definitivamente perdida. La incredulidad asalta mis párpados que, sumamente abiertos, acabarán más secos por el clima desértico que nos rodea. Mi mirada también se extravía en su inalterable rostro.

Noto un peso en mi hombro. Reacciono con suma lentitud, sin pestañear, mientras giro el cuello. Mi cerebro no responde como debería.

Oigo un eco… «Tom. Tommy». ¿Me dicen a mí? Por un largo instante dudo de mi nombre.

—Tommy.

Aquella voz se hace realmente sonora en mi cabeza. Descubro a quién pertenece. Sí, es cierto, sí… Mi nombre es Tom. Y estamos… Estamos en guerra.

Josh, en pie con aquel fusil semiautomático, se agacha intentando camuflarse.

—Tenemos que volver a la trinchera —me insta con urgencia.

Me agarra de la manga del uniforme y arrastra hasta la zanja, a varios metros de distancia del cadáver de Stephen.

Apoyado sobre la muralla de tierra, las lágrimas amenazan la suciedad de mis mejillas y el sudor. Me llevo las manos al casco y lo aplasto con los dedos. Un rabioso gemido escapa de entre mis dientes, apretando la mandíbula con tanta fuerza que duele. Los bombardeos y disparos continúan, pero mi sensación es de estar lejos.

Josh me coge por los hombros y zarandea sin mucha violencia.

—Tommy, tienes que olvidar a Stephen. Ya no está con nosotros.

Me quito el casco M1 y lo coloco sobre mis piernas. Mi abdomen se contrae con cada espasmo que ocasionan los lamentos.

—Tenemos que ser hombres —asegura clavándome los ojos con firmeza. Por su amarga expresión, debo parecer muy demacrado—. La debilidad te quitará la vida.

Conservo fuerzas para mirarle. Mis pensamientos se procesan despacio.

—La debilidad me trajo amor —digo con voz trémula.

Josh se muestra algo sorprendido. Después advierto su rubor.

—A estas alturas, qué importa todo. Lo amaba. Nos queríamos —confieso.

El recuerdo de los clandestinos encuentros, las caricias y besos, nuestros acompasados cuerpos desnudos… me hace esbozar una sonrisa abatida.

Josh, paralizado y meditabundo, baja el arma. Me contempla con fijeza y pienso que me va a dar un puñetazo por mi sexualidad. Ahora mismo solo quiero morir.

Percibo que se contiene, pero su mirada brilla con intensidad. ¿Odio, quizá? ¿Repugnancia?

Mi corazón está acelerado. De repente, se detiene; no sé si producto del último bombardeo cercano o… del inesperado y profundo beso que Josh me propina en los labios.

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Carmen
1 month ago

Muy original Nuria, me ha gustado.

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