RUMBO AL AMOR

Distinguí su rostro entre los invitados de la fiesta. Llevaba un vestido precioso que contrastaba con su tono de piel y tenía el pelo más rizado que nunca. Decidí acercarme para saludarla. Llegué a ella esquivando a la multitud que charlaba con copas de champán en la mano.

—Hola Mara. ¿Cómo tú por aquí?

—¡Kate! —exclamó mientras me abrazaba—. Mi prima es amiga de tu prometido y cuando me dijo que te ibas a casar no podía creerlo. ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? ¿Hace cinco años, no?

—Sí, ha pasado mucho tiempo.

—En parte porque tú desapareciste, no quisiste saber nada más de mí —me recordó clavándome sus ojos oscuros.

—Lo sé y lo siento mucho.

Recordé los maravillosos momentos que vivimos, todas las noches en las que nos amamos, todos los instantes divertidos en los que reíamos. Alex era un buen hombre, ¿pero realmente le quería?, reflexioné. Aparté mis pensamientos volviendo así a la realidad y me concentré en la conversación que estaba manteniendo con Mara.

—Tengo que ir a hablar con el resto de invitados, pero después volveré. Tenemos muchas cosas que contarnos —le dije con una sonrisa.

—No te vayas, no huyas de nuevo —me rogó aferrándose a mi mano.

Giré mi cabeza para mirarla y decirle que no, que me quedaría con ella, pero para cuando me quise dar cuenta ya había dado un paso hacia delante. No sentía su tacto. Me estaba dando la espalda avanzando hacia una dirección contraria a la mía. Quise gritarle que me esperara y echar a correr tras ella. Necesitaba que me rodease con sus reconfortantes brazos, sin embargo, no me atrevía a reconocerlo. No tenía el valor para pedírselo.

A la mañana siguiente era la boda. Todos decían que era el gran día pero yo no opinaba lo mismo. Abrí la puerta de la sala donde me estaba preparando, para echar un vistazo al exterior. A través de la ranura busqué a Mara entre todos los asistentes. Su expresión era seria y resaltaba entre las alegres de mis familiares y amigos.

Volví al tocador y me miré en el espejo. Ya no reconocía a la persona que me devolvía el reflejo. ¿Era yo en realidad, o solo un personaje que había creado para presentárselo al mundo?, me pregunté. La respuesta que obtuve me dejó claro lo que debía hacer. Me dirigí a la habitación donde se encontraba mi futuro marido y le confesé todo. No le quería, me estaba engañando a mí misma. Me gustaban las mujeres y en concreto Mara.

Me acerqué al banco donde estaba sentada. Agarré su cara entre mis manos y acaricié sus mejillas. Después me fundí en sus labios en un apasionado beso. Entrelazó sus dedos de color ébano con los míos, juntos formaban un perfecto eclipse. Atravesamos el pasillo de la iglesia sin mirar atrás. No importaba lo que pensasen los demás, solo estábamos ella y yo de camino a un destino lleno de amor y felicidad.

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