SE AVECINA TORMENTA -CAPÍTULO 1-

     Otra vez igual. Desde mi ventana veo cómo el cielo de la ciudad se cubre de nubes. Otra vez amenaza con caerse a pedazos, derramando agua a raudales y anegando las calles para transformarlas en riachuelos, que arrastrarán consigo toda la basura de la ciudad. 

     Como ya es habitual en estas noches tormentosas, ella también está aquí. Sentada junto a la puerta de mi dormitorio, observándome, acechando a su presa, esperando cualquier descuido para darme caza. Sonriendo con ese gesto tan escalofriante, retándome a una lucha sin cuartel donde su única recompensa será mi vida, o al menos la diversión de ver reflejado el sufrimiento en mi cara. Siempre que aparece me hago el despistado por unos minutos, doy vueltas en la cama, le doy la espalda durante un tiempo, con la esperanza de que cuando me gire, ella ya no esté ahí y con el miedo a sentir el intenso dolor de un cuchillo desgarrándome la espalda. 

     Hasta ahora he salido ileso, siempre he sabido predecir sus movimientos y nunca ha conseguido atraparme. Esta noche tampoco será diferente, aunque el miedo siga afilando mis nervios cada vez que me incorporo con la intención de escapar de la habitación. De nuevo atravieso el pasillo, descalzo y con el único objetivo de alcanzar la salida antes que ella. Cojo un chubasquero, me lo pongo a toda prisa encima del pijama y salgo de casa cerrando la puerta detrás de mí. Aún no estoy tranquilo, sé que aunque una puerta de seguridad, con tres cerraduras, nos separe, ella sabrá llegar hasta mí sin despeinarse. De hecho, la presencia que siento al lado ahora mismo es ella. Sé que está aquí, puedo escuchar su respiración, puedo oler la humedad de su ropa y sentir bajo mis pies el agua que derrama su vestido empapado. Sin decir nada, sin ver su rostro, sé que se burla de mí, sé que disfrutaría mucho viendo mi cara de pavor cuando ella esté cerca y no pueda escapar.

      Es hora de salir a la calle, intentar deshacerme de ella perdiéndome en las calles y acudir al único lugar donde ella no puede entrar. Bajo un manto de agua y con el viento de cara recorrí a toda prisa las calles. Asustado, sin dejar de mirar atrás, sintiéndome acosado, vigilado, sin escuchar otro ruido que el repicar de mis zapatos cuando piso los charcos. Todas las noches en que ella aparece me vienen recuerdos que acentúan más mis miedos. Todas las cicatrices en mi piel palpitan y revivo la sensación angustiosa de perder el oxígeno bajo el agua. Extasiado, con el corazón a mil por hora, haciendo vibrar mi pecho que poco a poco eleva mi fatiga, doblo la esquina, me adentro en callejones oscuros e incluso entro en un 24horas con el fin de despistarla. No hay fortuna, sabe perfectamente a dónde me dirijo… se anticipaba a mis movimientos, se mofa de mi desesperación y del miedo en mi rostro. Ella quiere atraparme por fin, pero no parece tener prisa, siempre me deja unos pasos por delante para darme, quizás, falsas esperanzas o solo para disfrutar más del momento en el que me haya cazado.

      Por fin llego a mi destino. A lo lejos puedo ver el portal de un céntrico edificio que, a diferencia de otros días, se encuentra cerrado. Ya no tengo escapatoria, si permanezco parado, aunque sean unos pocos segundos acabará por pillarme. Debía acceder al edificio como fuese. Presiono uno a uno todos los botones del portero electrónico hasta que un vecino me abre la puerta sin hacer preguntas, aunque la mayoría se enfadan por no obtener respuesta pese a ser despertados en mitad de la noche. Entro en el edificio, de nuevo interpongo una puerta en medio de los dos y al fin puedo respirar tranquilo, estoy seguro… ¿o no? Subo a toda prisa hasta la cuarta planta, echo un vistazo por el hueco de la escalera y no lo puedo creer, ella está allí, en el portal, mirando hacia arriba, con tranquilidad, sonriendo burlesca. El 4ºB es mi destino. No tengo llaves. Toco el timbre varias veces, golpeo la puerta con agresividad, hasta que al fin me dan paso y asoma la única persona que en aquellos momentos puede ayudarme.

      Rebeca Olivares pertenece al colegio oficial de psicólogos de la Comunidad de Madrid. Es una afamada terapeuta que fue fichada por el Cuerpo Nacional de Policía para atender a los agentes implicados en los casos traumáticos y con tendencia a la depresión. Hasta el momento yo he sido su primer paciente derivado del Cuerpo «y el último» afirma cada vez que finalizamos una sesión. Hace cinco años acudí a ella, por primera vez, después de resolver un caso que me dejó secuelas mentales, para mí irreversibles, pero que al parecer tenían cura con un intenso tratamiento donde debía relacionarme con personas en mi misma situación y enfrentarme con moderación a situaciones de estrés. En escasos seis meses había logrado hacer desaparecer mi fobia a las situaciones tensas, mis pesadillas y mi asco a los reptiles. Y es que después de haberme enfrentado a un caso donde tuve que vérmelas con mujeres embrujadas y lagartos con alas, «es lo más normal del mundo que uno acabe mal de la cabeza», decía la terapeuta para intentar consolarme.  Una vez finalizado mi tratamiento y tras volver al trabajo, mi cabeza desarrolló otro tipo de trastornos. 

—Por Dios Diego, ¿qué quieres ahora? —me pregunta tras abrir la puerta en bata y con los ojos aún a medio abrir. 

—¡Necesito tu ayuda! ¡Alguien me sigue! —Diego…¿otra vez estamos con esas? Eso se llama manía persecutoria. Nadie te sigue, solo está en tu cabeza.

—No, te digo que esta vez es de verdad. Ella está aquí, detrás de la puerta. 

—Déjame comprobarlo. 

—¡Estás loca!¡Me atrapará! Y te hará daño a ti también. 

—Pues déjame a mí. 

     Vuelo de forma casi literal hasta el fondo de la sala. Busco un lugar donde esconderme, donde ver sin ser visto pero con una vía de escape más que rápida en caso de ataque mortal. Ni detrás de una fría columna de hormigón, ni debajo del escritorio, no tuve más remedio que recurrir a ponerme detrás de las típicas cortinas de salón donde mi ojo izquierdo visualiza lo que sucede en el recibidor y el derecho permanece escondido junto al resto del cuerpo. Admito que no tengo las agallas suficientes para enfrentarme a mi perseguidora y como buen cobarde, que pensé que había dejado de ser, permito que otros resuelvan mis problemas violentos. 

     La doctora abre la puerta lentamente, con la intención de darle más tensión al momento. Mucho antes ya estuvo ojeando lo que había fuera a través de la mirilla y por fin dejó al descubierto lo que había al otro lado. 

—Diego, sal fuera y dime lo que ves—me indica sonriente. 

     Salgo de detrás de la cortina con la vista puesta en el suelo y lo primero que veo son los zapatos de un hombre. Cosa que me extraña, ya que estaba seguro de que quien me perseguía era una mujer, siempre lo era. Sigo subiendo la mirada poco a poco hasta llegar al pecho, aquellos no son pechos de mujer, pensé, son grandes, están algo caídos, pero se parecen más a los de un hombre sedentario cuyo único ejercicio es recoger el mando a distancia cada vez que se le cae al suelo. Cuando llego al rostro lo tengo claro. Esa prominente barba pertenece a un hombre. —Se llama Simón, es el portero del edificio.

—Y entonces, ¿por qué me sigue? 

—Te has colado en el edificio a las 5 de la mañana molestando a todos los vecinos. Una de sus tareas es identificar a los intrusos. 

—Y ¿porqué no persiguió a la mujer? 

—Simón, ¿vio usted entrar a alguna mujer? —pregunta al hombre con cara de recién levantado, pijama de leñador y sin la más remota idea de lo que estaba pasando. Responde negativamente. 

—Pues necesito que la saques de nuevo de mi cabeza. 

—Diego, son las cinco de la mañana, en dos horas abro la consulta. ¿No podías haber esperado un poco? 

—No. 

—¿Has tomado la medicación que te receté la semana pasada? 

—¿Pastillas? Yo no tomo de eso, no estoy loco. No sé por qué motivo se produjo un momento de silencio en el que la doctora me dedica una mirada que expresa algo parecido a la compasión. 

—Porque… No lo estoy, ¿no? 

—Eso me corresponde decirlo a mí y tras cada sesión que tengo contigo opino que un poquito sí lo estás. 

     La doctora Olivares ha conseguido lo que ninguna otra mujer en años. Había logrado que le hiciera caso en todo, a excepción de la toma de medicamentos. Después de curar mi fobia con tanta efectividad, decidí poner sobre su escritorio todo lo que había en mi cabeza. No es que desparramara los sesos en su consulta, sino que, a raíz de mis nuevas experiencias laborales, desarrollé otro tipo de alteraciones mentales, en concreto, una manía persecutoria que solo se manifestaba en las noches de tormenta y que solo podía ser curada por ella. 

—Vale… está bien, túmbate en el diván y cuéntame de nuevo esa historia. A ver si escuchándola por cuarta vez nos damos cuenta de dónde está el problema.

—¿Puede quedarse él? —pregunto refiriéndome al portero. 

—¿Quieres que se quede Simón? —No es que no valore su buen trabajo y sus capacidades como terapeuta, pero a lo mejor, con una segunda opinión… 

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