Secuestrados por la abuela

Habíamos esperado hasta el último momento para no darle el disgusto a la abuela, pero aunque hacía años que solo veía el canal de novelas y el oído ya no le permitía escuchar la radio, siempre había alguna vecina maliciosa en el bloque para dar malas noticias.

Esta vez fue la Puri, que con la excusa de traer galletas caseras a la abuela se instaló en la salita para darle a la lengua y ponerla al día de los dimes y diretes de la vecindad. Entre los chismes le contó las cinco defunciones de los vecinos, no todas a causa del “vilus” (como le llama mi abuela), porque en un bloque donde la media de edad es de 70 años, te puedes imaginar que casi todos tienen ya más alas que pies. Pero aunque las muertes le ponían un poco triste, la abuela ya estaba acostumbrada a leer las esquelas del periódico como si nada. La guinda del pastel fue la noticia de que no habría Navidad. Así le soltó la bomba y a la abuela casi le da un parraque allí mismo. Claro, luego tuve que llegar yo a calmar los ánimos y a explicar que la cosa no era tan grave como la Puri decía.

Para mi abuela las Navidades son el momento más importante del año y en su casa se celebran como una gala de los Óscar. Con una familia tan numerosa como la nuestra, alquilamos un caserón en el campo para poder estar todos juntos desde Nochebuena hasta Reyes, y no hay gripe, viaje o excusa máxima que le valga a mi abuela para que alguien se escape de este torrente de comida, alcohol y villancicos. La verdad que no sé cómo lo ha conseguido hasta ahora, pero nuevo miembro que se unía a la familia se quedaba atrapado como en una tela de araña en esta tradición: todos en el búnker rural hasta que se abriera el último de los regalos de los Reyes Magos y explotara el botón del pantalón de tanto roscón.

Así año tras año desde que tengo uso de razón. Y ahora explícale a la abuela que este año hay un “vilus” que mata a mucha gente y que el Gobierno ha dicho que no podemos estar más de seis personas reunidas. Creo que si no fuera porque soy su nieta favorita me hubiera cortado la cabeza. Primero puso a parir a todos los políticos del mundo y de todos los colores, después a los chinos, a los americanos y a toda la juventud que no tiene dos dedos de frente. Después creía que le iba a dar un ataque al corazón de tanto enfado y al final se quedó callada mirando fijamente a la gitana y al toro que estaban encima del televisor. Le preparé un café con leche con una torta de Inés Rosales y la dejé en ese estado de mutismo mientras llamaba a mi madre para ponerle al día.

De esto hace dos semanas y aquí estoy en plena Nochebuena sintiéndome como una delincuente por culpa de mi abuela. Nadie ha podido disuadirla de esta locura, y menos con sus amenazas de que se iba a morir sin celebrar sus últimas Navidades por culpa nuestra. Lleva muriéndose ya diez años, pero sabe que es soltar eso por la boca y meternos el miedo en el cuerpo.

Llevamos desde muy temprano divididos en grupos de seis, cada uno con una misión distinta y un plan cronometrado. El grupo encargado de cocinar, de hacer la compra, de los postres, de los regalos… Cada bando tiene un tiempo determinado para cumplir con su misión y salir de forma separada hacia la casa del campo sin crear sospechas. Cada uno tiene una coartada diferente con vecinos y amigos para que nadie sepa dónde estaremos estos días, pero que tampoco se preocupen o llamen a la policía. Y todo organizado por mi querida yaya.

Así que aquí estamos toda la familia al completo a pesar de los intentos de fuga y los cortes de la carretera por culpa de la nieve, con nuestros trajes de purpurina y las mascarillas de terciopelo incumpliendo la ley por su culpa, a oscuras (solo algunas velas encendidas y nada de luces en el árbol) y casi sin hablar para que nadie del campo sepa que la casa está ocupada. Todos nos preguntamos cómo hemos accedido a esto con esta sensación de estar casi secuestrados por la matriarca de la familia. Me entran ganas de denunciarla para meterle un susto en el cuerpo, pero ya todos somos cómplices de su locura.

Y mientras todos engullimos el pavo, ella está ahí, presidiendo la mesa, feliz y levantando su copa de vino mientras nos da su discurso anual sobre la familia, eso sí con la mascarilla puesta.

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Respuestas

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  1. Jajajajaja, está genial Alba. Me he reído un montón imaginando esa reunión familiar. Como a una abuela se le meta algo entre ceja y ceja, no hay nada ni nadie que lo eche por tierra. ¡Menudas son! Felicitaciones, me ha gustado mucho.