Sin inocencia.

Me dirigía hacia el altar con un precioso vestido blanco que habían tenido que hacerme a medida, las piernas me temblaban cada vez que daba un paso hacía mi nuevo y aterrador futuro.
Al llegar alze la mirada y observé con mis pequeños ojitos castaños a un hombre tan alto como una torre, con una espesa barba marrón y una media sonrisa con una dentadura a medias.
Siempre había soñado con tener una preciosa y humilde boda y está estaba repleta de lujos.
Lo que jamás imagine era que las niñas de diez años podían casarse y menos con hombres tan mayores como su padre. Siempre creí en el amor porque lo veía reflejado en mis padres cada día.
Gire mi cabecita y observé atónita como mi madre lloraba desde una esquina sin consuelo, ¿Estaba soñando? ¡No entendía nada! , aquel señor alto me agarraba la manita y me sonreía.
¡Tenía tanto miedo! No le conocía de nada y sin embargo iba a casarse conmigo.
Pedí irme con mis padres, pero la ceremonia continúo, las piernas cada vez me temblaban más y cuando me dio un beso en los labios comencé a llorar, no me gustaba que ese señor me besase ¡Me daba asco!.
Pero aún me esperaba la peor parte, al caer la negra noche me llevaron a una casa nueva, muy lejos de mis hermanos y mi familia, a una habitación donde ya no había peluches sobre la cama, había un señor desnudo que me indicaba que me tumbase a su lado.
Levantó mi camisón de ositos y comenzó a acariciarme, chille y le suplique que parará, como respuesta me llevé un bofetón y después se subió sobre mí. Aterrada observaba como las sábanas blancas se teñian de un oscuro color burdeos. ¿Me estaba muriendo? ¡Me dolía mucho entre las piernas!
Así fueron casi todas mis noches, violaciones y bofetadas.
Al cumplir los 13 años, ya estaba embarazada de mi segunda hija y tenía el cuerpo repleto de cicatrices y moratones.
Un día, le oí hablar con varios hombres acerca de cuánto ofrecerían por casarse con sus hijas, me llevé la mano a la boca y corrí hacia la habitación de mi pequeña, ahí la ví acurrucada en su cunita de sábanas blancas e imagine el terrible futuro que la esperaba.
Al anochecer agarre el cuchillo más grande que encontré en la cocina y me pasé una hora sentada en el sofá afilandolo y meditando.
A mi me había destrozado la vida pero no permitiría que le hiciera lo mismo a mis hijas, yo no sería tan egoísta como mi madre.
Ahora, era su sangre la que teñia las impolutas sábanas blancas.

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