Soledad

«Hay una joven mujer llorando en el cementerio, mirando una lápida. Sus brazos rodean sus piernas, si cabeza está apoyada en sus rodillas y tiembla de frío. Es 31 de Octubre y está siendo uno de los días más fríos del país. Su pelo negro contraste con la palidez de su rostro, con las mejillas llenas de pecas y con la claridad de sus iris, en resumidas cuentas, es preciosa. Su ropa es negra y no deja de repetir siempre lo mismo: «no es justo». Sobre la lápida no hay ningún nombre escrito, solo una corazón de flores que en cuya tela aparece un nombre: Claire. La mujer aparta la mirada y hace contacto visual conmigo. Siento mi pecho contraerse al ver lo rota que está por dentro. Mi primer impulso es acercarme y consolarla. Una pérdida es dolorosa sea quien sea. Dejo el ramo que tengo en mis manos sobre un banco, doy cinco pasos y me detengo a su lado. Ella se levanta y se echa sobre mis brazos, enterrando la cara en mi cuello y rompiendo a llorar aún más fuerte. Su cuerpo se sacude y finalmente se separa.

—¿Te encuentras mejor? —Mi voz amenaza con resquebrajarse si la vuelvo a ver llorar, es lo que sucede cuando tienes el don de empatizar 

—Sí, estoy bien —ella alza la vista de nuevo a la lápida y expulsa todo el aire que mantenía en sus pulmones —, estaba tan sola…

—¿Eras familia de ella? —Me siento a su lado y dejo el ramo de flores sobre el banco de madera en el que se encuentra ella sentada.

La chica se encoge de hombros y me sonríe con ternura. 

—Sí, — su mirada brilla cuando parece recordarla —¿tú la conocías? 

—No, yo…

Ella me aprieta la mano y extiende una mirada sobre nuestras cabezas.

—Creo que era la única persona que en verdad la conocía —se levanta del banco y limpiar los restos de tierras que dejó las torrenciales lluvias del día anterior —, gracias.

—No entiendo.

—Gracias por venir a mi funeral.

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