SOLO EN CASA

Blacky dormitaba plácidamente en la casa de su dueño, un famoso escritor. Se había ido de viaje para promocionar su novela y le había dejado solo, con comida y agua suficiente para pasar el fin de semana. También había entornado una de las ventanas para permitir sus salidas nocturnas.

Cuando escuchó el sonido de la puerta pensó que regresaba, pero la sombra que se internó en la oscuridad no era la de su amo. El haz de una linterna se proyectó sobre una pared y Blacky se escondió para observar lo que ocurría.

El desconocido llevaba ropa negra, se tapaba la cabeza con un gorro y cubría su rostro con un antifaz. No le dio buena espina, pero esperó para ver qué hacía.

El hombre de negro dejó la linterna en el suelo y guiado por la poca luz que esta reflejaba, empezó a abrir cajones y a sacar todo lo que había en su interior. De vez en cuando introducía algún objeto en la bolsa negra que portaba.

La cola de Blacky empezó a moverse agitada. Luego se puso a cuatro patas y arqueó el lomo. El bufido que emitió con las fauces abiertas pilló por sorpresa al ladrón que retrocedió asustado.

―Tranquilo gatito, tranquilo. Vamos a llevarnos bien. Yo no te molesto y tú no me molestas. ¿De acuerdo? Solo cogeré algunas cosas de tu dueño y me iré por donde he venido.

Los ojos del felino le miraban rasgados y brillantes, en la penumbra parecían amenazantes.

―Joder, también es casualidad que este novelista de pacotilla tenga un gato negro. Con la mala suerte que dan. A ver minino, te doy un poco de comida y me dejas tranquilo. ¿vale? ¿Tal vez una sardinita?

Blacky avanzó enseñando los colmillos. Tenía las orejas echadas hacia atrás y la cola levantada y erizada. El ladrón pensó que aquello no pintaba bien y retrocedió asustado sin soltar la bolsa con el botín que había conseguido.

El gato le fue llevando hasta el quicio de la ventana que permanecía entreabierta. Entonces con un último bufido escalofriante saltó sobre su cara. El hombre lanzó un alarido de terror cuando notó las uñas que se clavaban en la piel de su rostro. Soltó la bolsa y empezó a manotear para zafarse de aquellas garras que le estaban destrozando. Pero no había manera de quitárselo de encima. Hombre y gato danzaban en un baile siniestro que les llevó hasta el borde de la ventana y les precipitó al vacío.

En estas circunstancias es fácil imaginar quién salió malparado. De todos es sabido que los gatos tienen siete vidas. En cambio los humanos… No me extenderé en los detalles. El hombre cayó de espaldas. Se fracturó una pierna y la columna. Pero lo peor fue el choque de su cabeza contra el asfalto. A eso no pudo sobrevivir. En cambio el gato resultó ileso ya que el cuerpo del ladrón amortiguo su caída.

Se levantó ágil y trepó por la rama de un árbol. Luego pegó un salto hasta la ventana para entrar de nuevo en la casa. Desde allí miró al caco que permanecía quieto sobre la acera, con la cara arañada y ensangrentada.

Al poco rato un transeúnte se acercó a socorrerle, pero ya era tarde. Se lo llevaron en una ambulancia sin saber muy bien qué le había pasado.

Cuando el escritor regresó a su hogar, se encontró la habitación patas arriba, pero no faltaba nada. Blacky le esperaba con cara inocente. Nada más verle se acercó para restregarse contra sus piernas y él se agachó para acariciarle bajo la barbilla. El gato emitió un ronroneo de satisfacción entrecerrando los ojos.

―No se te puede dejar solo, ¿eh? Vaya fiesta has montado. ¿Se puede saber qué ha pasado aquí mientras he estado fuera?

Blacky le miró con los ojos ligeramente cerrados.

―Está bien. Creo que prefiero no saberlo.

El gato se echó en el suelo con intención de dormirse, mientras el escritor recogía el estropicio, sin saber que su mascota había evitado que le robaran.

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