Susan (Cuentos part. 4)

Miro en cielo y pienso en ti. Estas tan cerca, que al cerrar los ojos casi puedo rozar tu piel. Y sin embargo te fuiste hace cientos de años. Me encantaba susurrar tu nombre al oído, mientras enredabamos nuestra piel entre sábanas blancas. Susan. Tu sonreías, inquieta, esperando una nueva partida de caricias y jadeos entrecortados. Yo aguardaba, saboreando tu impaciencia, haciéndote arder. Dios mío, cuanto llegué a quererte. Nos escondíamos de un mundo que no nos entendia. Tu… con traje de ejecutiva, trabajo de oficina, esposo e hijos. Yo, enredada en los fuertes brazos de Mario. Esperando ansiosa volver a refugiarme en los tuyos. Nos decíamos entre susurros, al partir, que todo sería eventual. Tenemos que aguantar un poco más, le rogaba a tus lágrimas recorriendo tu rostro. Que estúpida y cobarde fui.

Monté en mi cabeza un mundo de ensueño donde tu eras su única reina. Donde solo había luz y olor a rosas frescas. Me colaba en tu alcoba con una sonrisa en los labios, cuando dejabas entreabierta la puerta. La noche dejaba tras el cristal los dragones que inundaban el mundo que nos rodeaba. Mi bella durmiente, mi nieve blanca, mi sirena varada. Reescribiamos el cuento de nuestra existencia con la yema de mis dedos sobre tu espalda desnuda, sin comas, sin puntos y apartes, sin apenas entonación. Pero la realidad de una nueva mañana nos devolvía al castillo oscuro de nuestra reina mala.

Cuando escuche la noticia en la televisión se me heló el alma. Mario lo notó, a mi lado, y me pregunto preocupado si me ocurría algo. Yo solo tenía oídos para la voz monótona del presentador, que hablaba de ti como otro caso más de desafortunado maltrato de género. Tu imagen, risueña, cubría una esquina de la televisión. Me perdí en tus ojos, en la pantalla sin vida. De forma entrecortada escuche la palabra muerte, cuchillo, salvaje, enajenación, miedo. No habían denuncias previas, nadie se esperaba algo así. Dejé de escuchar, cuando note que mi alma se había roto en mil pedazos. Apenas fui capaz ni de soltar una  lágrima. Mi cuento de hadas se había quedado sin páginas en las que escribir, de repente. Y los ogros de la noche te habían devorado, aprovechando la noche.

Esa noche morí, en ese sofá, junto a mi compañero de cama. Años después, al llegar este día, el aniversario de tu muerte, vengo a estas rocas y miro el vacío. Me pregunto porque aún no me he tirado por el, porque sigo alargando mi vida. Y entonces la veo a ella, mi pequeña Susan, jugueteando detrás de las gaviotas que, perezosas, alzan el vuelo tan solo cuando se ven acorraladas. Mi hija se vuelve hacia mi y saluda, sonriendo. Yo también le sonrio, triste. Dios mío, cuanto llegué a quererte.

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