Tierra prometida

El chamán de la aldea me escudriñó a través del humo de las hierbas mágicas:

—Ahora es el momento, Daren. Tendrás éxito si mantienes el coraje.

Esa misma noche preparé un fardo con lo más importante y partí al alba. No me despedí de nadie, solo de mi madre, que me escuchó escabullirme y me detuvo en la puerta.

—¿Por qué lo haces? Tu vida correrá peligro.

—Debo hacerlo, madre. Si alcanzo la Tierra Prometida, podré salvar la vida de todo el poblado. Sabes que aquí estamos condenados a la muerte.

—Lo sé. Tú eres nuestra esperanza.

Me abrazó una última vez antes de darme su amuleto, un colgante protector.

Atravesé el Desierto de la Muerte, donde encontré los despojos de aquellos que habían osado cruzarlo antes que yo, pero el amuleto me dio suerte para encontrar el Arroyo Mágico en el que sacié mi sed para no morir. Más adelante, llegué a las Montañas de los Hielos Perpetuos, con tormentas de nieve que ya se habían cobrado las vidas de otros peregrinos. Allí conocí a Dakari, el Guía Sagrado, que supo enseñarme el camino y las guaridas donde protegernos para poder coronar la cumbre con vida.

Y cuando ya pensaba que había superado todas las pruebas que había vaticinado el chamán, me encontré frente a un mar inmenso, pacífico en apariencia pero del que me habían contado que ya no había peces sino cadáveres. Me enteré de que solo Sirhan, el Barquero Lobo, tenía los medios para atravesarlo. En cuanto lo vi, supe por qué le llamaban así: toda la cara estaba casi cubierta por pelo, con la excepción de unos ojos penetrantes y astutos que nunca olvidaré mientras viva.

—Si quieres viajar conmigo, debes darme un millón de dírhams —masculló con su voz silibina.

—No tengo tanto dinero… ¡Pero necesito salvar a mi aldea!

—Idiota, tu aldea no me importa nada. —Su sonrisa amarillenta y fétida me echó hacia atrás—. No me hagas perder el tiempo o acabaré contigo.

Conseguí aquel dinero, pero no me hagáis explicar cómo. Cuando se lo entregué, sus manos escamosas estrujaron los billetes mientras sus ojos negros me taladraban. Parecían arrebatarme el alma.

—¡De acuerdo, amigo! ¿Ves como no soy tan diabólico como hablan por ahí? —Su risa perversa me heló la sangre.

Sirham fue la maldad en persona. Nos metió a mí y a otros treinta aventureros en una barquichuela de madera y paja. Cuando las olas se elevaron hacia el cielo y el mar nos enseñó sus dientes de furia, aquella barcaza se hizo pedazos y muchos murieron ahogados. Mi amuleto me consiguió un tronco al que agarrarme y gracias a él, conseguí sobrevivir a aquel abismo de destrucción.

Apenas había amanecido cuando las olas, esta vez magnánimas, llevaron mi cuerpo extenuado a la orilla. Toqué la arena con mi cara. Era suave, cálida, acogedora. No cabía ninguna duda, lo había conseguido, ¡ahora salvaría a todos los míos!

Había alcanzado la Tierra Prometida, Europa.

Imagen de Anke Sundermeier en Pixabay 

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