TODOS EN NOCHEVIEJA

Llevaba metida en la cocina desde las siete de la tarde. Probó los roscos navideños, no estaban igual de blandos que los que hacía su madre.Los de ella estaban mucho más buenos. Sin dudas eran las manos. La abuela Antonia tenía una gracia especial para la repostería, para la vida en general. Sacó su recetario, una libreta de anillas donde la mayoría de las hojas estaban arrancadas y superpuestas, algunas tenían hasta un color amarillento, todas escritas a mano .Esas recetas habían pasado de generación en generación. Tenía una sensación extraña, de vez en cuando olía el perfume de su madre, el último que le regaló el día de su cumpleaños. No quiso prestarle mucha atención, sólo habían pasado cinco meses desde que esta maldita pandemia se la llevó, ni siquiera se pudieron despedir de ella cuando la dejaron  en la puerta de urgencias.

Una lágrima resbaló por su mejilla cuando empezó a leer aquella amplia caligrafía de su madre. Se abrió una botella de vino, se acercó la copa y la alzó al aire en un gesto simbólico donde se mezclaba la tristeza y la melancolía. Trasteaba en la despensa buscando los aderezos cuando un escalofrío recorrió todo su cuerpo, se volvió instintivamente. Junto a la carne aparecieron todas las especies perfectamente alineadas, allí estaban el tomillo, el laurel y la pimienta negra. Casi se cae de espalda, solo se había bebido dos copas de vino. Pensó que sería el estrés y la presión emocional, últimamente no tenía la cabeza en su sitio. Comenzó a aderezar la carne sin poder evitar esa sensación tan extraña que la embargaba, inquietante y reconfortante al mismo tiempo. “Al final me voy a volver loca”, se dijo para sí misma, mientras le daba un buen sorbo a ese Ribera del Duero.

En el salón su padre estaba sentado frente al televisor, de vez en cuando ladeaba la cabeza  y se mordía los labios de impotencia. Las malas noticias seguían fluyendo a través de la pantalla. Casi lo habían traído a rastras. No quería celebrar el fin de año, ni comerse las uvas, el 2020 le había arrebatado a su compañera de vida, a su gran amor. Al final cedió, por su hija y por sus nietas. Pero ni los abrazos de la más pequeña de la casa iban a secar aquella mirada vidriosa. De repente se cambió la cadena que estaba viendo, sin que nadie manipulase el mando. Allí solo estaba él y su pena. Saltó el programa favorito de su mujer, canal sur. Una sacudida recorrió todo su cuerpo, pero al instante siguiente, sus manos temblorosas y su corazón se calmaron; dejó de sentirse solo. Cuando Silvia se acercó al salón advirtió algo parecido a una sonrisa en el rostro de su padre.

-¿Te encuentras bien papá? No consigo que Sara salga de la habitación y te haga compañía, ya sabes que no se encuentra bien y yo estoy liada en la cocina, dentro de nada vendrá Víctor ha ido a ver a sus padres, no creo que tarde mucho en venir- le dio un beso en la mejilla, el llanto de su pequeña desde la otra habitación la reclamaba, no obtuvo respuesta de su padre. Desde que murió su madre las palabras se le habían atragantado en la garganta y en el alma.

Sara seguía encerrada en su habitación, había empezado las primeras sesiones con el psicólogo, pero no conseguía arrancarse ese sentimiento de culpabilidad. Ella era asintomática y se sentía responsable de la muerte de su abuela. Estaba tumbada sobre la cama, escuchando su canción favorita, mientras que las lágrimas quemaban su azorado rostro, estaba un poco embelesada. De repente notó que la cama se hundía, como si alguien se hubiese sentado junto a ella. Un calor invadió todo su cuerpo, acompañándola de una sensación de paz infinita. Sintió incluso como si la besaran y le hubiesen acariciado la mano. Se incorporó de repente.

-¡Abuela, abuela¡- comenzó a llorar, pero era un llanto diferente, liberador. Ya no se sentía tan mal, ni tal culpable. ¡Abuela, abuela….! Repetía entre sollozos, sintiendo que no estaba sola en aquella habitación.

Silvia se llevó a su pequeña a la cocina en la sillita, se acababa de despertar de la siesta llorando.

-¿Qué tal mi amor? Te vas a quedar aquí conmigo mientras mami termina de hacer la cena- su bebé no le presta atención, mira fijamente hacia donde está la nevera y no para de sonreír, a veces incluso suelta alguna carcajada.

Dos horas después a punto de estrenar un nuevo año, toda la familia tiene una sensación inefable.

Mientras en un rincón del salón el espectro de Antonia sonríe satisfecha, no estaba dispuesta a acabar el año sin su familia. Luego ya volvería, le espera la eternidad.

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