TORMENTA

El final se veía venir, las nubes negras del ocaso anunciaban la tormenta. Rayos fulminantes, truenos despavoridos, no demoraron en llegar al viejo muelle donde ella aguardaba desconsolada. Su corazón palidecía segundo a segundo, ella era un arco iris sin color. Los vientos anunciaron los cambios y ella siendo barca naufragó. Él, un huracán avasallador, arrogante, seguro de su amor, le brindó migajas de pasión, la hundió hasta destrozarla en mil pedazos.

Ella lloró emocionada sobre su cuerpo, haciendo el amor y gimiendo que era suya, a él no le importó. Las lágrimas se mezclaron con los fluidos de su sexo, anuncio de olvido mientras él se levantaba y cerraba la puerta. Él fue beso traicionero que se entregó a sus débiles pasiones carnales, con desprecio la ignoró, cómo a bestia sarnosa la trató.

Él y ella se separaron como aquel milagro majestuoso que dividió las aguas de los mares; donde aparecieron nuevas costas y lunas.

Él disfrutó su nueva danza erótica; pero al dar la vuelta el tiempo fue su juez. Sueños de algodón, camino libidinoso…Tiempo después, el fuego derritió el hielo.

Las lágrimas de ella se confundieron con la lluvia, el viento amorosamente las secó. El invierno pasó y ella sonrió. Besó nuevos vientos, escuchó el canto sublime de las aves. Ella se hizo amante del sol, la soledad se despidió…Pasado imperfecto, baile frenético de almas.

Con el tiempo él regresó enfermo de amor, con espinas en los pies que le llegaban al corazón. Ella con sus brazos lo abrigó, aquellos bellos labios lo aliviaron y la dulce ternura lo curó, hasta con su sexo lo sació. Pero la tormenta había hecho lo suyo, borró sentimientos del corazón y la razón, ella alzó su vuelo, era libre gaviota al fin.

Él se hundió en el abismo de donde ella resucitó. Miradas frías, besos sin sabor. Ella también, cerró su puerta, abrió sus alas y se elevó al infinito. Sus ojos se empañaron de dolor pero aun así aceleró su vuelo, sin mirar atrás; y besó al sol.

Él vio cómo su gaviota se alejaba hacia un mundo infinito, donde él no tenía derecho, ni existencia. Atónito y perplejo, bebió el agrio vino de su desamor, en la copa amarga del arrepentimiento… Al fin la tormenta lo abrazó.

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