Tu mar

 Hoy te veo sintiendo la fuerza que inocente emanas, fuerza que me impulsa a seguirte en las profundidades de tu mar.

Eres parte de su inmensidad, te formas con lo profundo de su sencillez y materializas este mar, incomprensible de estímulos únicos, como tú. En muchos momentos debo crecerme para vencer el miedo que siento cuando sé que te me escapas de las manos como el agua que se escurre entre mis dedos mientras busco, con todas mis fuerzas, contenerte conmigo.

Llévame a tu mar; quiero conocerlo, sentir su resplandeciente amanecer, llenar todos mis sentidos en el preciso instante en que su marea deja aflorar la expresión de tus sentimientos.

Sabía que la felicidad se elige. Lo he leído muchas veces, pero ahora estoy completamente seguro de ello. Seguro que elegí aprender a ser feliz con tu compañía ausente, distante. ¡Qué fortuna fue hacer esa elección! Gracias a ella he disfrutado en su grado máximo de la calma de tus aguas, los regalos de tus mareas, la fuerza y bravura de las tormentas y el milagro de la vida. Porque los milagros existen en tu mar. Solo basta observarte para comprenderlo. Es cuando surgen las ansias de sumergirse y no dejar de nadar en tu mar inmenso, infinito.

Un día comprendí que formaba parte de una playa. De lo conocido y que es sitio seguro, pero aunque quería sentir la arena bajo mis pies, deseé tocar el mar; a pesar de aquellos que, viendo como me adentraba en él, cambiaban su rostro en un gesto de pena y de incomprensión. Esos sentimientos que, al principio, me cortaban el aire y el alma, pero que después se convirtieron en mi indiferencia a la ignorancia y los miedos ajenos.

Mirarte y sentirme tan indefenso e impotente era una misma cosa. Muchas veces caminé en dirección a tus aguas pensando ingenuamente que podría acompañarte y navegar contigo con el sencillo pero decidido intento de acercarme a ti, si tú no podías acercarte a mí. ¡Ah, que revolcadas me diste! Apenas tocaba las aguas y me permitía imaginarme sin miedo y consiguiendo logros, cuando solo daba tumbos, queriendo sacar aire de donde no había y tú siendo solo eso: tú.

Pero un día calmaste tus embestidas, las olas se suavizaron y dejé que me mojaran poco a poco. Aprendí a observar tu mar, a conocerlo y a respetarlo, dejando que él hiciese lo mismo conmigo. Solo a partir de entonces me has permitido navegar contigo y sentirme sumergido en la esperanza y certeza de lo que vendrá.

Llévame a tu mar, hijo mío. A ese mar llamado autismo. Estoy listo para acompañarte. Estoy listo para dejarme llevar. Estoy listo para entrar en sus aguas y sumergirme contigo porque más allá del horizonte, tienes todo un mundo por descubrir. Agarra mi mano que yo siempre te acompañaré y nadaré a tu lado…

Recommended1 recommendationPublished in CONCURSOS, INSPIRACIONAL

Artículos relacionados

Respuestas

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

  1. Es muy hermoso este relato. Como padre, jamás dejamos solos a nuestros hijos. Son ellos veleros y nosotros sus capitanes, ellos no tienen timón, pero nosotros les dirigimos por la fuerza del amor. El hombre el la cabeza del hogar y Jesucristo la cabeza del hombre.
    Muy hermoso Víctor. Felicitaciones.