TUTANKAMÓN

Saltan luces a un lado y a otro de mi cabeza. Trato de fijarlas con la mente, pero escapan de mí. Todo está fuera de control. No sé cuándo abandoné la fiesta, ni tampoco dónde estoy. ¿Qué hora es? Echo un ojo al reloj de muñeca y aprieto los párpados porque creo estar quedándome ciego. Noto turbulencias en mi estómago mientras camino como un zombie, que hace honor a mi disfraz de faraón muerto. Mis pies esquivan obstáculos que no existen y juegan conmigo a tirarme al suelo.

⸺Joder, ¡ya vale! ⸺grito a la noche.

Luego atrapo con la mirada un foco enorme que parece guiarme.

⸺Gr-gracias, Luna ⸺balbuceo.

Bajo los ojos del cielo y parpadeo con cansancio. Tengo la impresión de estar en el vacío y no saber por qué no caigo. Debe de ser magia.

⸺La magia no existe. Ni los fantasmas. Vaya trola. ⸺Río y un esputo se atasca en mi garganta.

Toso y pierdo el equilibrio. Caigo, me golpeo contra unas tablas de madera y algo se clava en mi brazo. No tengo fuerzas, así que me quedo tirado. Algo me dice que pronto despertaré en la cama.

⸺Tutankamón vuelve a su tumba… ⸺Las palabras se me enroscan en la lengua. ¡Qué difícil es hablar!

Proceso lo que he dicho y suelto otra risotada. Luego viene un quejido: me duele la barriga como si tuviese agujetas. Eso creo.

Un grito me produce una sacudida. Arrastro las palmas por el raso suelo. ¡Qué pesadilla! ¿Me acabo de caer del catre?

Vuelvo a notar que algo se hinca en el codo. Frunzo el ceño y consigo ver algo: estoy apoyado sobre el tablero de la Oiuja. No me acordaba de que lo tenía.

⸺Puto juego. ¡Qué sabrás tú de los muertos!

Me incorporo con coraje. Todo vuelve a dar vueltas a mi alrededor como un tiovivo, pero consigo hacerme con el maldito objeto. No he bebido tanto, estoy perfecto. Las cosas se mueven porque quieren, me odian. ¿Dónde está la salida?

Me esfuerzo un poco y veo que he llegado al puerto de esta enana ciudad. Sigo andando con los dientes apretados. La cabeza me arde, va a explotar seguro. Me suben arcadas y agarro la carne de la tripa a través del disfraz.

Estoy en el borde de la tarima; las olas brillan como si les hubiesen echado purpurina plateada. Escupo al negro mar y entonces veo de nuevo aquel rostro fantasmal. Esos ojos como hoyos, esa boca de extraña forma que se mueve y no habla. Algo que no debería haber despertado esta noche. Alguien que no quería ser molestado. Grita más agudo que otras veces y me recuerda a ese famoso cuadro de no sé quién.

⸺¡Era una puta broma, joder! ¡Déjame en paz!

Lanzo el tablero al agua con rabia. Oigo el chapoteo y la horrible cara blanca se difumina. Mi estabilidad está de parte del lado oscuro hoy, así que noto cómo caigo a cámara lenta sobre el aterrador reflejo. Mi siguiente anfitrión de la noche sonríe con malicia porque me abre las puertas de otro mundo.

Y cuando creo que tocaré el mar y no saldré nunca más. Cuando no me he mojado, pero ya siento ahogo, algo me agarra por la espalda y me devuelve a tierra firme. Antes de cerrar los ojos, juro ver la silueta de alguien muy familiar. Es un semblante dulce, sonriente y luminoso. Ya no está conmigo desde hace tiempo. ¿Qué hace aquí? ¿He muerto?

De repente un pitido me taladra los oídos. Veo cerca luces azules y rojas. Azules y rojas. Azules y rojas. Cierro los ojos y las sigo viendo. Mis labios se curvan de alegría, pese a la fatiga, porque Tutankamón no volverá a su tumba hoy.

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