ÚLTIMO ALIENTO

El frío arrecia y en la cocina de la gran casa familiar la cocinera se afana en preparar un cocido maragato para toda la familia. Llevan años sin aparecer por allí, pero ahora que saben que al viejo le queda poco tiempo de vida, han acudido como buitres para ver lo que se pueden llevar. Está en juego la sustanciosa herencia del patriarca. Sus tres hijos junto con sus nueras y nietos esperan ansiosos a que el viejo estire la pata.

El anciano Elías ha llamado al notario que ha llegado a primera hora de la mañana. Entre la servidumbre corren rumores de que quiere cambiar el testamento. Parece ser que desea otorgar el grueso de su vasto legado a uno solo de sus hijos.

La cocinera cierra la olla para que los garbanzos se vayan haciendo junto con los huesos, el morcillo, el lacón, la oreja y las manitas de cerdo. Mientras tanto, en una cazuela grande, el repollo también se está cociendo junto con las patatas, la cebolla, las costillas, el tocino ibérico, los chorizos y la gallina. La casa se empieza a impregnar del aroma de los guisos.

En el piso superior, Elías yace en la cama rodeado por sus hijos. El mayor está sentado a su derecha y le coge la mano en actitud abnegada. Los otros dos se encuentran taciturnos al otro lado de la cama. Por detrás, las tres nueras permanecen calladas por primera vez. A los pies de la cama el notario espera sus últimas voluntades.

De pronto, el anciano que hasta ese momento había permanecido adormilado, abre los ojos y comienza a mover los labios con dificultad. Todos se aproximan para intentar adivinar qué quiere decir. Ninguno desea perderse la decisión final. El notario va hasta la cabecera de la cama y acerca su oído al viejo, pero es incapaz de comprender lo que esa boca desdentada trata de articular. A cada uno de los hijos le parece entender su nombre en el farfullar del anciano Elías, pero lo cierto es que ninguno sabe a ciencia cierta lo que ha querido decir.

En ese momento alguien llama a la puerta. Es la asistenta que viene a ver si necesita algo. Al notario se le ocurre que como está más familiarizada con él, igual puede descifrar mejor sus balbuceos. Con mucha amabilidad le pide que lo intente. La mujer se acerca a la cama y escucha atentamente.

―Está pidiendo su dentadura. Quiere probar el cocido ―sentencia sin asomo de duda.

Todos la miran perplejos al comprender que la herencia de momento se ha esfumado. El viejo todavía no está dispuesto a morirse. No mientras haya un cocido maragato que le dé un último aliento.

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