UN MILAGRO NAVIDEÑO

Seguro que sois de los que piensan que los milagros no existen, pero os aseguro que sí. Hace veinte años, en mi familia experimentamos un milagro navideño.

Aquel día de Año Nuevo iba a ser como tantos otros. Nos reuníamos en la casa de unos tíos de mi marido para celebrar allí la comida familiar. El salón estaba lleno de risas y conversaciones intrascendentes. La mesa lucía sus mejores galas y nos disponíamos a degustar la comida que con tanto mimo se había preparado. Sin embargo, una llamada de teléfono lo cambió todo. La noticia que me dio mi padre desde el otro lado de la línea, me inquietó y a la vez me llenó de esperanza. Cuando colgué todos me miraron expectantes. «Hay un hígado compatible para mi madre. Tenemos que ir ahora mismo al hospital», les informé.

Después, salí corriendo. Había que darse prisa. Debíamos viajar a Bilbao donde se realizaría la intervención. Llegué a casa de mis padres con los nervios a flor de piel. Abracé a mi madre y las dos nos echamos a llorar. No sé si era producto de la emoción, de los nervios o de ambas cosas. A los pocos minutos llegó una ambulancia para trasladarnos al hospital. Aunque habían puesto la sirena y viajábamos a gran velocidad, el trayecto se me hizo largo. Sentía un nudo en el estómago. No había probado bocado desde el desayuno y además, los nervios se me habían instalado allí.

Cuando llegamos le hicieron algunas pruebas para comprobar que estaba en óptimas condiciones para ser operada. Enseguida se la llevaron al quirófano. En una operación de trasplante el tiempo es decisivo. Nos despedimos de ella esperanzados, pero también con la intranquilidad reflejada en el rostro.

Luego llegaron las largas horas de espera. En ese tiempo pensé de todo: cosas buenas y malas pululaban por mi cerebro. Recordé los instantes decisivos vividos junto a mi madre. Recé porque todo saliese bien y pudiese vivir unos años más. No podía quitarme de la cabeza a ese donante anónimo que le iba a salvar la vida. Imaginé las circunstancias de su muerte. Tal vez había muerto en algún accidente en Nochevieja. Quizás era un joven que volvía a casa después de estar toda la noche de fiesta. Me puse en el lugar de sus familiares. Sentí el sufrimiento de ellos como propio y agradecí aquel acto solidario que habían tenido al donar sus órganos. Esa decisión en un momento tan doloroso, podía significar la salvación de muchas vidas.

Recuerdo bien el instante en el que se abrieron las puertas de la sala de espera y el cirujano nos informó que todo había salido bien. Mi padre le abrazó emocionado y le dio las gracias. Yo no sabía si reír o llorar. Ese fue nuestro milagro de navidad. Desde entonces creo en ellos y en los ángeles terrenales que los hacen posibles. Aquel primer día de enero celebramos el comienzo de un nuevo año y también el principio de una nueva vida para mi madre.

Estas navidades volveremos a festejar ese milagro navideño junto a ella, y daré de nuevo las gracias a todos los que lo hicieron posible.

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