Un mundo perdido

Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí…Aquella frase tan ficticia parecía haber salido de una novela de Michael Crichton. Pero no, no se trataba de la clásica saga fantástica que tanto furor causaba en las pantallas. La verdad, es que Spielberg había sido un tipo listo. A todo el mundo le gustan los dinosaurios, la adrenalina que genera ver correr a los personajes, mientras huyen de una trágica muerte, y la tensión que te genera durante toda la película, crea cierta adicción. En mi caso, cada vez que abría los ojos, la imagen era la misma. Una vieja silla de madera, con trozos de pintura desconchada, que sostenía un estúpido dinosaurio de peluche. Aquel trozo de tela, relleno de algodón, de color verde musgo y desgastado, escondía las respuestas que toda mi vida me había planteado, y que tantas noches amargas me provocó. Cada vez que me cobijaba bajos las gruesas mantas; soñaba con que ese peluche cobrara vida y me desvelara aquellos secretos que yo no sabía.

A pesar de haber crecido rodeado de más niños como yo, el sentimiento de soledad de un huérfano, al que habían abandonado, era algo particularmente acentuado en mí. Lo único que sé de mis padres, es que me dejaron en la puerta de aquel orfanato, envuelto entre harapos y con la compañía de ese viejo peluche. No entendía por qué me había depositado allí, con ese muñeco. Lo lógico hubiera sido añadir una nota, explicando los motivos, aunque a veces creo que las palabras se hubiesen quedado cortas y probablemente, sería más difícil explicar las razones, que encontrar una urgente salida para mí.

Aquel lugar se convirtió en mi hogar. Las monjas que nos acogían nos enseñaban sobre lo humano y lo divino e intentaban paliar como podían, ese vacío emocional que siente todo aquel que ni siquiera conoce cuáles son sus raíces.

Recuerdo una infancia medianamente feliz, mientras jugaba en aquel patio. Supongo que inconscientemente, nos arropábamos entre nosotros. Recuerdo vivamente de las tardes de juego que pasábamos con aquella valiosa pelota de cuero gris, las horas intercambiando cromos o cantando las canciones que las monjas nos enseñaban. Sus melodías populares, nos dulcificaban la vida, y los días pasaban en un tempo presto, sin que apenas fuéramos conscientes.

Así es como llegó la pubertad, época de cambios, inestabilidad y problemas que se fueron acentuando. Mi adolescencia transcurrió entre libros y pocas vivencias. Apenas tenía amigos y los pocos que existían, se fueron desvaneciendo a medida que me aislaba en mi habitación y me escondía en mí mismo. Durante una gran parte de mi juventud, fui objeto de acoso y burlas. Hoy en día, no les guardo rencor, ni les culpo, yo no era como ellos; aunque sus palabras hirientes, iban hacia donde más me dolía, mis padres, de los que no sabía nada. Como era un joven muy peculiar, el clásico empollón, que no le gustaba socializar y, que se pasaba las tardes devorando libros de literatura fantástica; ya os podéis imaginar la clase de insultos que recibía. Leer y escribir se convirtió, al principio, en una fuente de evasión y satisfacción y, posteriormente, en mi actual trabajo. Soy eso que llaman un escritor. Pocas personas tienen la suerte de poder dedicarse y vivir de un sueño.

Con cuarenta años que cumplo hoy, he destapado el enigma que todo este tiempo vengo arrastrando. No he descubierto quienes eran mis padres, pero sé el mensaje que intentaron que me llegara y perdurara en el tiempo. Aquel dinosaurio de peluche escondía en su interior muchas respuestas, como siempre había sospechado. Esta mañana, con el primer rayo de sol, me acerqué a mi biblioteca para coger un libro, mientras saboreaba una aromática taza de café. Observé mi viejo peluche que descansaba sobre una de las baldas de madera. De repente me di cuenta de que la añeja tela verde estaba pasada y el muñeco mostraba como una herida en el costado, de su interior vislumbré un papel arrugado. Era una extensa carta de mis padres, en la que me explicaban los motivos por los que se marcharon. Eso será el argumento de mi próximo libro, pero no el mensaje que me transmitieron. Me alentaron a ilusionarme con cada cosa, a crecer como persona y a buscar la felicidad en su ausencia, más todo eso, ya lo fui descubriendo sin tener que ver el contenido de ese escrito. Ese peluche tenía alma, me llevó a adentrarme en un universo apasionante, que comenzó con un “Mundo perdido”de Conan Doyle y se transformó en un escritor de cuatro décadas que tuvo la osadía de hacer su sueño, una realidad. 

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