UN PARALÍTICO, UN CUMPLEAÑOS Y UNA NOCHE “TO LOCA”

Verano del 86, un grupo de cuatro chicas habían quedado para salir ese viernes. Le esperaban risas y locuras, a los 18 y en los ochenta la felicidad y la vida era una fiesta continua. Eres; sientes; te dejas llevar y cuando menos te lo espera te ves envuelta en una de esas “movidas”, que no olvidarás nunca. Esta es una de ellas….

El pub a donde iban en el puerto deportivo se llamaba “To Loco”, muy premonitorio de lo que iban a vivir aquellas jovencitas. Ana, Elena, Elisa y Ángeles llegaron con sus hombreras, sus pantalones acampanados sus pelos ondulados o ese look casi gótico donde el negro de la ropa se mezclaba con las luces de neón. A lo lejos se escuchaba “Escuela de calor” de Radio Futura. Se pidieron cervezas y chocaron los botellines al aire, brindando por una gran noche. A los pocos minutos estaban bailando dejándose llevar por esos temas que las hacían dar brincos. Después de que se habían tomado su tercer Gin lemon, todo les daba vueltas, se reían como si estuvieran en el espacio, flotando. Se abrazaban y cantaban esos temazos que se sabían de memoria; en los ochenta te ponías los discos y los escuchabas tantas veces que acababas aprendiéndote todas las canciones. De repente allí estaba él. Un paralítico en mitad de la pista, hacia girar su silla de ruedas al ritmo de la música, incluso mantenía el equilibrio sobre dos de ellas, con una destreza asombrosa. A los pocos minutos estaban con aquel chico, se presentaron y se les unió a la diversión. Cuatro muchachas y aquel joven, juntos, disfrutando de la fiesta. Se lo pasaron estupendamente, risas, bromas, euforia. A las cuatro de la madrugada cerraban lel pub, era el momento de despedirse de su ya colega y de recogerse. Ahí comenzó la movida. Antonio vivía en la calle. En aquel garito el olor a sudor de todos los que allí estaban había camuflado el tufo de su nuevo amigo. Los efectos del alcohol estaban desapareciendo y se veían llevando a un paralítico indigente por el paseo marítimo, sin saber muy bien qué hacer con él.

Ana comentó que tenía frio, el hombre sacó una manta de su mochila y se la ofreció. No sin insistir, porque cuando la chica se acercó la manta a la cara casi vomita. Prefería el frio, sin duda. La pestilencia de esa prenda era insufrible, aún así no quiso herir la sensibilidad de aquel chico y se la echó por encima de sus hombros.

− ¿Puedo quedarme con vosotras a dormir? Ha sido una noche cojonuda, sois unas tías de puta madre ¡¿No me dejaréis dormir en la calle no? Además, hoy es mi cumpleaños- dijo sacando de esa mochila sin fondo, una bandeja de pasteles aplastados, recalentados y los peor: a saber, cuántos días llevaban allí y de dónde habían salido. Aquellas jóvenes se miraron estupefactas, habían perdido el control de la situación. No sabían qué decir, ese hombre era bastante convincente. Y se comieron aquellos pasteles. No podían decirle que no; ni a celebrar su cumpleaños con esos dulces probablemente caducados, ni a dejarlo tirado. Y así fue como se vieron en el salón de su casa, cogiendo a ese hombre en brazos, colocándolo en el sofá y arrastrando la pesada silla por las escaleras.

Resultó que Antonio cambió totalmente de actitud, ya no era el chico afable y divertido de la discoteca. Empezó a fumar y a tirar las colillas al suelo, les daba órdenes con tiranía.

−Tú, la morena, prepárame el baño; ¿qué tenéis de comer? ¡Tengo hambre, joder mucha casa y la nevera vacía, ya os vale tías! – bramaba sin un ápice de agradecimiento, mientras se recostaba y se tapaba con una colcha.

Eran las seis de la madrugada estaban agotadas, subieron a la planta de arriba donde estaban sus dormitorios. Se prometieron entre risas y alguna que otra preocupación por lo insólito de la situación que mañana tendrían que hablar con Antonio. Se veían con él todas las vacaciones.

Cuando se despertaron creían que todo había sido un sueño: el paralítico, los pasteles caducados. Hasta que escucharon unos gritos que provenían del salón.

− ¿Aquí no se desayuna?¡ Tengo hambre, salir ya de las camas tías! – gritaba con voz resacosa, el invitado casi forzoso.

No era un sueño. Se habían traído a un paralítico indigente a dormir a su casa, que encima era un déspota y un tirano. Ya no se reían. Sus padres vendrían pronto y no se iban a tomar bien este acto solidario o descabellado.

Después de darle de desayunar y de sentarlo en su silla, le dijeron que tenían que irse con su familia, las esperaban en una comida familiar. Cerraron la puerta y lo dejaron en mitad de la urbanización. Corrieron como si no hubiera un mañana, como si aquel hombre pudiera alcanzarlas o secuestrarlas. Cuando lo perdieron de vista volvieron las risas. En la playa, bajo el sol y sintiendo el calor de la arena bajo sus pies, se sintieron por fin seguras y tranquilas. O eso creían ellas….

−Tía, no os volváis, no miréis, no me lo puedo creer, unos tíos traen Antonio en volandas con la silla de rueda, vienen hacia nosotras- dijo Ángeles con el rostro descompuesto.

− ¿En serio? – dijo Elena volviéndose para confirmar lo que decía su amiga.

Cogieron sus toallas, intentando disimular, les faltó silbar al estilo de las películas. Se levantaron; sin mirar, ignorando los gritos desesperados de Antonio. Apretando cada vez más sus pasos, hasta acabar en una carrera frenética huyendo de un paralítico en sillas de ruedas.

− ¡Ehhh no os vayáis! ¡Esperadme!¡ No seáis cabronas! -decía mientras las ruedas de su silla se atascaban en la arena.

Al anochecer bajo la luz de la luna llena y mientras bromeaban con todo lo que les había pasado, escucharon el chirriar de unas ruedas.

− ¡Aggggggg, el paralítico! – gritaron todas al unísono, como si fueran las protagonistas de una película de terror.

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Respuestas

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  1. Tela marinera, que locuras e inconsciencia se tiene cuando se es joven jajaja. ¡Será capullo! Encima que le echaron una mano. Muy divertido el relato, pero que sustaco de Tio jajaja

  2. ¡Por Dios, que locura de situación! A mi hasta me ha dado miedo ese tío. Que coraje el de llevárselo a su casa. Muy buen relato Puri, como siempre.