Una boda de ensueño

Al fin había llegado el día; el día en el que dejaría de ser “la novia loca de Albert” y pasaría a ser “la esposa (loca) de Albert”. Nuestras familias y la mayoría de nuestras amistades no se lo creyeron cuando les dijimos que, dentro de un año escaso, nos íbamos a casar… Después de 22 años de pareja aguantando críticas, dudas de terceros sobre nuestra relación y el apoyo de solo unos pocos. 22 años donde hemos perdido personas que creíamos inamovibles de nuestras vidas y solo porque mi vida y la de Albert eran completamente distintas. Dinero y estatus social, eso era lo único que importaba, al parecer. Y después dicen cosas como que la edad, el dinero y los estudios son insignificantes… Sí, claro.

Pero, en fin, ya todo daba igual. Iba a ser un día muy feliz, nadie nos quitaría eso.

“Estás preciosa con ese vestido”, me dijo mi mejor amiga, “aunque, conociéndote, creía que iba a ser un poco más…”. “¿Extravagante?”, terminé yo por ella, con una sonrisilla de medio lado. “Sí, jaja. Ya queda poco. ¿Estás nerviosa?”. “Nerviosa, feliz, alegre, tengo miedo, me sudan las manos, me tiemblan las piernas, quiero llorar… Pero, por lo demás, todo bien”, respondí, viendo cómo mi amiga me miraba con escepticismo. Parecía que iba a decir algo más, cuando mi madre entró al vestidor y nos dijo que ya era la hora.


¡Estaba guapísimo! Ese traje que le quedaba como un guante, esa barba bien definida, esos ojos claros llenos de emoción mirando cómo me aproximaba hacia él, ese pelo cobrizo peinado hacia atrás… Me iba a desmayar; sentía que, si apartaba la vista de él, un agujero negro se abriría debajo de mí y me haría desaparecer. Afortunadamente, llegué al altar sana y salva, sin agujeros y sin caerme, pues mis rodillas parecían gelatinas.

“Hijos míos, estamos aquí para…”, empezó a recitar el sacerdote, solemnemente. Sin embargo, poco rato después se empezaron a escuchar ruidos de golpes y gritos en el exterior. Lo que sucedió después, pasó todo muy rápido: unos hombres vestidos de negro entraron, interrumpiendo la ceremonia, apuntaron a todos los invitados con escopetas y se llevaron a Albert tras decir que el cabecilla de la mafia italiana deseaba venganza.

¡No, no, no y no! ¡Ni hablar! Había esperado 22 años para esto y ahora ni siquiera la mafia iba a arrebatármelo. ¡Me niego!

Salí corriendo de la iglesia como una exhalación, viendo cómo se llevaban a mi prometido en un lujoso Jeep negro. El coche de la boda estaba allí, arrancado; el chófer estaba un poco más adelante, distraído.

Robé el coche.

Sin gasolina. ¡Mierda!

Albert llevaba el GPS encendido.

No los iba a perder.

 

Con un sobresalto, me desperté. “¡Albert! ¡Tú no tienes nada que ver con la mafia italiana, ¿verdad?!”, le pregunté a mi prometido, despertándole. “¿De qué hablas? Vuélvete a dormir, que mañana tenemos que celebrar una boda…”, contestó con la voz dormida, sin abrir los ojos siquiera.

Uf, ¡vaya sueño!

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