Una foto sexy

Basado en un hecho real

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Cristina titubeaba mientras se observaba en el espejo de su habitación. No sabía muy bien cómo responder a la solicitud de Fran, el chico con el que llevaba saliendo una semana.

«Mándame una foto tuya sexy» le había pedido por Whatsapp esa misma tarde.

Estaba muy coladita por él, le gustaba tanto que quería deslumbrarle pero ¿cómo? No quería dar la impresión de una pelandusca, pero tampoco parecer una mojigata. Suspiró confusa. Se quitó la camiseta y estudió su pecho abundante en el reflejo. Estaba bien colocado, todavía era pronto para que la gravedad hubiera hecho de las suyas. Se soltó el sujetador y volvió a analizarse.

¿Sería demasiado mostrarle lo que consideraba la mejor parte de su cuerpo? Eso sí que le dejaría pasmado, desde luego, pero quizá tampoco llevaban tanto tiempo juntos… Sin embargo, estaba claro que si le quería dejar boquiabierto, tenía que ser una foto contundente.

Recordó el consejo de su mejor amiga cuando se lo contó:

—Te pintas los labios de rojo y te haces una foto poniendo morritos y enseñando un poco el hombro. Y que se conforme con eso, joder.

Bah, Silvia no tenía ni idea. Los morritos eran lo más cutre, propio de alguien que quiere y no puede. «Por eso está sin novio» concluyó.

Tras varios minutos de vacilación, por fin se decidió. Se puso un sujetador de encaje, el mejor que tenía y que marcaba el canalillo, y se hizo la foto. Pulsó en enviar y sonrió satisfecha.

Al día siguiente, cuando entró por el aula de clase, Cristina experimentó lo que es el infierno. De repente, todas las conversaciones callaron, las miradas volaron en su dirección y los chicos se empezaron a reír. Ella avanzó hasta su pupitre por el pasillo que la hicieron mientras las carcajadas resonaban a su alrededor. Cristina no entendía muy bien qué estaba pasando; entre la multitud, buscó a Fran, que recogió su mirada y se encogió de hombros inocentemente.

Alguien gritó:

—¡Pero qué melones, señora!

Entonces, lo entendió, le golpeó como una bofetada cuando menos te lo esperas. Se tapó la cara con las manos y contuvo el llanto. Todo menos llorar ante esos cretinos.

«Tierra, trágame, trágame, trágameeeeee, ¡por favor!»

Alcanzó su sitio como pudo y se sentó al lado de Silvia, que la miraba con incredulidad porque sabía que no había seguido su recomendación.

«Que no me suelte lo de ya-te-lo-dije porque no puedo más» rogó en su interior. Su amiga la acarició en el hombro con empatía pero no soltó palabra.

Sin quererlo, Cristina aprendió la lección más difícil del colegio.

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Respuestas

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  1. Un relato estupendo Amaya. Has relatado muy bien la inseguridad de las redes sociales. Especialmente con el tema fotos.

    1. Me contaron una historia similar y me pusieron los pelos de punta. Las redes sociales, capaces de lo mejor y lo peor…
      Muchas gracias, Puri!

  2. Una cruda realidad, en la q siempre pensamos lo mejor de una persona. Hay q ser menos confiados. Muy buen relato, me ha gustado mucho.