Una mala noche

Cuando llegué a la cima de la montaña montada en mi dragona fucsia y encontré la cueva que les servía de refugio mis ojos se convirtieron en llamas y mi pelo en serpientes enredadas dispuestas a convertir en piedra a esos dos estúpidos. En realidad, solo a ella, el que iba a pagar por todo era él, el apuesto caballero que las tenía a todas locas.

Lo fácil era utilizar todo mi poder, que siempre se hacía mayor cuando me cabreaba, pero lo cierto es que he aprendido mucho sobre la mafia rusa e italiana y sus métodos de tortura. Mi corazón además de partido se debate entre tradición de mafiosos o magia negra y poderosa. Supongo que podría utilizar un poco de los dos.

Utilicé mi capa invisible para entrar en la cueva sin ser vista y estuve un rato viendo como se lo montaban debajo de pieles de bisonte frente a una hoguera encendida. Parecía que la que se había quedado de piedra era yo, pero seguía sin poder creerme que aquel cerdo me los estuviera poniendo con la flacucha de la princesa de hielo. Creía que éramos amigas.

Justo cuando él estaba a punto de correrse, me quite la capa y ante su sorpresa lo empujé con mi mente hacia las piedras afiladas, podría hacer que se desangrara lentamente, pero era tan débil que seguro que se desmayaba antes de tiempo.

A la paliducha la convertí en piedra, ya vería que hacía con ella más tarde después de darle una charla sobre los valores de la lealtad y la amistad. Pero con mi amado quería vengarme y tomarme mi tiempo.

Mis serpientes convirtieron su miembro en piedra y un rayo que lancé lo destruyó por completo. Acababa de convertir a mi ex en un eunuco. Después llegaron golpes de kung fú y patadas voladoras, o eso creo recordar.

Me empezó a doler la cabeza muy fuerte y lo siguiente que recuerdo es verme entre dos guardias de seguridad echándome de un local muy oscuro y lleno de luces. Al parecer el efecto de las pastillas mezcladas con el alcohol habían convertido el baño de la discoteca en una cueva y todos mis poderes mágicos en un moñeo a la Barbie que se lo estaba montando con mi novio y en varias patadas en los huevos de mi querido príncipe rana.

Al fin y al cabo, yo no era la bruja que ellos decían, solo una pobre chica engañada con ganas de venganza.

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