UNA SERIE DE PÉRDIDAS

Es curioso como puede cambiar tu vida por un simple detalle. Todo empezó hace siete años, la noche que se me escapó el último autobús nocturno. Lo estaba pasando demasiado bien para fijarme en la hora y perdí la noción del tiempo, esa fue mi primera pérdida realmente, lo que me llevó a la segunda: el autobús se fue sin mí y tuve que volver andando a casa.

La noche era oscura, pero nunca pensé que estuviera realmente en peligro. Una sombra empezó a seguirme y yo apreté el paso. No sirvió de mucho. Un golpe repentino en la cabeza dio conmigo en el suelo. Perdí el conocimiento.

Cuando desperté tenía un hombre encima de mi cuerpo. Mi ropa estaba rota, arrancada salvajemente y un miedo intenso paralizó mi garganta impidiéndome gritar. Perdí mi dignidad y mi respeto, me culpé por lo ocurrido, y supe que aquello me haría perder la estabilidad para el resto de mi vida. Aquella noche perdí las ganas de estar viva.

Luego vinieron las pruebas médicas. Un intenso y absurdo pudor hizo que perdiera mi seguridad, me sentía pequeña, como un bicho en una probeta y una rabia desmedida ocupó todo el espacio que me quedaba para sentir dolor.

Durante el juicio perdí, de nuevo, la dignidad y la seguridad en varias ocasiones. Relatar lo ocurrido me hacía vivirlo de nuevo y, día tras día, volvía a aquella calle y sentía el mismo horror, el mismo miedo. Me arrebataron el poco orgullo que aún me quedaba. Lo expusieron encima de una mesa y lo manosearon hasta diluirlo por completo.

Cuando salió inocente por falta de pruebas perdí la confianza, la fe en la justicia y la autoestima. Perdí la posibilidad de recuperar la alegría. Lloré más que el día en que me violó ese hombre enfermo y desalmado. Perdí mi futuro, ya nada podría reconciliarme con la vida.

Demasiadas pérdidas en tan poco tiempo. Demasiado dolor para una sola persona.

Encontré una salida y me refugié en el odio, en la rabia, en la necesidad de venganza.

Lo busqué con el desequilibrio que se había quedado en mi mente y lo encontré después de muchas búsquedas. Era otra noche en una calle oscura, pero buscaba a otra víctima. Desapareció el miedo, era lo único que me quedaba intacto, el odio me ayudó a perderlo. Lo asalté por la espalda y le rebané el cuello. Perdí mi humanidad, quizá hacía tiempo que la había perdido, porque no me importó verlo caer muerto a mis pies.

Vinieron nuevos juicios a los que acudió solo mi cuerpo, porque dentro apenas me quedaba nada. Perdí el interés, ya nada me importaba, ni siquiera ser culpable.

Solo me quedaba perder la libertad y la cambié por la venganza. Siete años encerrada no me ha devuelto nada de lo que quedó en el camino, pero me ha hecho más fuerte. Ahora, que llego al final de mi castigo, recuperaré lo único que me hará sanar por dentro. Volverá a mí, por fin, esa paz que me ayudará a seguir un nuevo camino.

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