Una velada muy especial

Era una magnifica mañana otoñal. Unai se levantó temprano. Tras el desayuno cogió su cesta de mimbre y salió. Todavía no había amanecido. Cruzó el pueblo acompañado de una densa niebla. En unos minutos abandonó las calles empedradas y se encaminó a un sendero que llevaba hasta la entrada del parque natural de Gorbeia.

Era feliz de vivir en la zona rodeado de naturaleza. Le encantaban los bosques de robledales, hayas, fresnos y sauces. Era un amante del otoño y las setas. Disfrutaba tanto de la recolección como de la elaboración de ricos e innovadores platos que elaboraba en su pequeño restaurante.

El aroma de las geosminas inundaba los caminos. Le agradaba percibir los diferentes olores según avanzaba en su recorrido. Cuando se internaba en los bosques, aspira la esencia del musgo y los hongos.

Su restaurante se caracterizaba por productos de proximidad tratados con mimo. Unai organizaba una cena micológica cada otoño. En unos años se había convertido en un evento célebre al que acudía gente de todo la zona.

Esa noche sorprendería con un rico manjar digno de dioses. La inspiración le llegaría durante la búsqueda. Estaba cruzando un hayedo dónde encontró unos grandiosos ejemplares de boletus edulis, tan apreciados en ese momento.  Comprobó con satisfacción su calidad. Sacó la navaja, los cortó y depositó con mimo en el cesto.

No tuvo que desplazarse mucho puesto que en la misma zona, crecían varias especies apreciadas. Divisó molineras, tripaki, ziza hori   .Inspeccionaba detenidamente cada pieza, confirmaba la especie, y los trataba con delicadeza. Su primera caza de la temporada resultó un éxito,  la cesta estaba repleta.

Sonó el teléfono. Contestó con tono enfadado. Al otro lado estaba Gorka, reclamándole para la preparación de la jornada. Unai discutía mucho con su ambicioso socio. Él no abandonó la ciudad para vivir presionado y estresado. Su compañero anhelaba convertir el restaurante en un local masificado de gente y de gran recaudación.

Tras una breve conversación, se despidieron. Unai se concentró en su tarea. Comprobó la hora y se dio cuenta que debía regresar. El día se había despejado completamente. Durante el paseo disfrutaba del contraste entre el frío de las zonas sombreadas con la calidez de los rayos del sol, agradables sobre la cara y provocadores de sonrisas.

Cuando entró en el pueblo se dirigió directamente al restaurante.  Gorka tensionado le esperaba en la puerta, dándole instrucciones antes de que llegara a su destino.

—Necesito el menú para subirlo a las redes. Entre las reservas está el alcalde de Amurrio.

—No te estreses. Vienen a deleitarse con la comida y lo harán.

La mañana pasó volando. Unai limpió las setas y reservó las mejores para la cena. Mientras tanto, con el resto preparó un menú de mediodía, consistente en un arroz meloso de boletus. El local estaba impregnado de fragancias otoñales que invitaban a la calma.

Tras el servicio de comidas, el personal se sentó a reponer fuerzas. El ambiente era tenso entre los socios, pero Unai no aceptó las propuestas de Gorka. El menú sería revelado a la noche. El cocinero trabajó con su equipo ultimando todos los detalles.

A las ocho en punto el local estaba preparado para recibir a los comensales. Dispusieron el mejor ejemplar de “boletus edulis” en una bandeja, posteriormente lo elaborarían a la plancha.

Recibieron a los comensales. Los sentaron. En la mesa estaba dispuesta la hoja con el menú.

Menú velada otoñal

Primeros platos

Sniff

Crema de boletus con crujiente de jamón

Boletus edilus a la plancha con huevo escalfado

Segundos platos

Mollejas de ternera a la sidra con setas al estragón

Bacalao confitado con setas de temporada

Postre

Helado de edilus al whisky y grosella

Mientras Unai atendía a los asistentes, su socio se coló en la cocina. Levantó la tapa del guiso y añadió un poco de “sorgin zorrotz”. Salió rápidamente. Después intercambio su rol con el chef para que éste pudiera regresar a la cocina.

El equipo se dispuso a montar los platos y servirlos. La velada transcurría entre risas y agradables conversaciones, hasta que el alcalde comenzó a correr gritando que le perseguían libélulas gigantes. Una señora se subió a la mesa. Un anciano decía que no quería crecer más porque se chocaba contra el techo. Se formó un gran alboroto que sacó al cocinero de su puesto.

Él asustado llamó a urgencias. Los médicos informaron que parecía un cuadro alucinógeno.

Unos días después el alcalde y el anciano se acercaron a dar su apoyo al chef; para ellos fue una anécdota.

La investigación siguió su curso. Se concluyó que la intoxicación fue provocada por “bruja picuda”.

Unai no comprendía como se habían colado en el guiso hasta que un par de días después encontró a Gorka merodeando entre las ollas. Al ser descubierto, escondió un sospechoso paquete.

—Márchate—ordenó Unai.

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Amaya Muñoz
Amaya Muñoz
7 days ago

¡Bel, qué bueno! Mantienes la emoción hasta el final y la escena de los comensales alucinando te arranca una sonrisa, ¡es muy divertida!
Menos mal que al final descubre al culpable que le estaba saboteando… ¡Menuda sorpresa!

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