VENGANZA

Mi abuela corría hacía mí, su pelo blanco se enredaba en una especie de danza macabra al son de aquel viento infernal. Podía ver el miedo en sus profundos ojos azules mientras yo arrastraba mi cuerpo malherido, sucio y mancillado por aquellos horribles seres nacidos de la oscuridad.

Llegué hasta ella en el instante justo en que los primeros rayos de un nuevo día daban fin a la noche de brujas. Me había salvado… Nos habíamos salvado ella y yo, el resto de la familia había fallecido.

—Lo hemos conseguido, mi niña. ¿Puedes caminar un poco más?

—Creo que sí —contesté agarrándome a su mano muy fuerte.

Pensé que iríamos al pueblo, pero no. Mi abuela giró sobre sus pasos y comenzó a caminar en dirección al bosque. Un ataque de pánico me paralizó. Era incapaz de articular palabra y temblaba de la cabeza a los pies.

—Ya no hay nada en el bosque. Recuerda quién eres. Debemos ir a verlas, ellas te protegerán.

—¡NO! ¡NO! —gritaba arrodillada en el barro que se mezclaba con sangre de heridas que, en ese momento, era incapaz de sentir.

Mi abuela se arrodilló a mi lado y señaló en dirección al bosque. Mis ojos llorosos tardaron unos instantes en ver qué era lo que me señalaba. Allí estaba ella, la Dama Oscura. En mi familia me habían hablado muchas veces de ella, tantas, que era como si la conociera. Su cabello era rojo como el fuego y su cara era tan bella como siniestra.

La Dama me miró a los ojos y el ataque de pánico cesó. Una vez hubimos traspasado las lindes del gran bosque las Damas de la noche nos ayudaron a llegar a la cueva sagrada.

Todas tenían el cabello rojo como yo y como lo tenían mi madre y mis hermanas fallecidas hacía apenas unas horas. 

Me dolía todo el cuerpo, pero el dolor que sentía en el corazón era el peor de todos. Me llevaron frente a la Dama.

—Toma, bebe —dijo tendiéndome una copa de vino.

Bebí con ansiedad porque mi garganta estaba reseca de tanto llorar, pero aquel líquido no era vino. Calmó mi sed y el dolor de mis heridas cesó por completo.

—Para calmar el dolor del alma hará falta un poco más de tiempo y nunca se aplacará del todo, aunque sí se suavizará, te lo prometo. Ahora cuéntame qué es lo que ha ocurrido esta noche.

Le conté que mi familia y yo nos disponíamos a celebrar mi cumpleaños. Cumplía quince y debíamos realizar la ofrenda de medianoche. Más tarde yo me uniría a las Damas de la noche como estaba escrito en mi destino. Le conté cómo aparecieron de la nada. Eran como lobos feroces, hombres bestia de grandes fauces, muy fuertes y rápidos como espectros. 

—Llegue a contar tres, pero todo estaba muy oscuro y… y la sangre… los gritos de mi madre y mis hermanas. —El dolor atravesaba mi pecho otra vez y las lágrimas abrasaban mis mejillas.

—Bebe otro poco —me indicó con suavidad.

—Eran bestias, mataron a toda mi familia en cuestión de segundos. Uno de ellos corrió hacia mí, me arrastró por el pelo y me mordió en las piernas. Creí que iba a despedazarme, pero cayó desplomado a mis pies. El resto de la manada observó el cadáver de su compañero. Pude ver el miedo reflejado en sus ojos inyectados en sangre. Tomaron a su compañero, dejando malherida a mi abuela. Corrí hacia ella y llegamos aquí.

—Ellos nos llaman bestias a nosotras, a las hijas de la tierra. Nosotras jamás mataríamos a una familia a sangre fría como ellos. Nosotras solo matamos para sobrevivir. Deseo venganza, mas no nos vengaremos. Eso nos convertiría en bestias como ellos.

No podía creer lo que estaba oyendo. Yo confiaba en ella y ella me decía que la muerte de mi familia no valía nada. Todas las buenas enseñanzas impregnadas en mi corazón para que algún día fuera su sucesora estallaron en pedazos. Tomé un cuchillo de lo alto de la mesa y lo hundí atravesando el corazón de la Dama.

Caminé al centro de la guarida y desde allí me dirigí a mi nueva familia.

—La Dama ha muerto y con ella su legado de bondad. Yo soy la elegida y desde hoy una nueva era de muerte, sangre y venganza dominará a todos nuestros enemigos. 

Tras unos segundos de silencio, mi nueva familia no me defraudó y todos los presentes irrumpieron en gritos de alegría.

 

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